Fragmentos de Herta Müller: Premio Nobel de Literatura 2009

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LA AGUJA

Aún hay luz en casa del car­pin­tero. Win­disch se detiene. El cris­tal de la ven­tana reluce. Refleja la calle. Refleja los árbo­les. La ima­gen atra­viesa la cortina.

Pene­tra en la habi­ta­ción por entre los rami­lle­tes de encaje. Junto a la estufa de azu­le­jos hay una tapa de ataúd apo­yada en la pared. Aguarda la muerte de la vieja Kro­ner. Su nom­bre está escrito sobre ella. Pese a los mue­bles, la habi­ta­ción parece vacía entre tanta claridad.

El car­pin­tero está sen­tado en una silla de espal­das a la mesa. Su mujer, de pie ante él, se ha puesto un cami­són de dor­mir a rayas. Tiene una aguja en la mano. De la aguja cuelga un hilo gris. El car­pin­tero tiene el dedo Índice esti­rado hacia ella. Con la punta de la aguja, su mujer le quita una asti­lla de la carne.

El dedo san­gra. El car­pin­tero lo con­trae. La mujer deja caer la aguja. Baja los pár­pa­dos y ríe. El car­pin­tero le mete la mano bajo el cami­són. Se lo levanta. Las rayas se enros­can. El car­pin­tero reco­rre los senos de su mujer con el dedo san­grante. Los senos son gran­des. Tiem­blan. El hilo gris cuelga en la pata de la silla. La aguja se balan­cea con la punta hacia abajo.

J unto a la tapa del ataúd está la cama. La almohada es de damasco, con luna­res gran­des y peque­ños. La cama está ten­dida. La sábana es blanca, y el cubre­cama tam­bién. La lechuza pasa volando ante la ven­tana. Con un largo ale­tazo reco­rre el cris­tal. Su vuelo es crispado.

Bajo la luz obli­cua, la lechuza se duplica. Incli­nada, la mujer va de un lado a otro ante la mesa. El car­pin­tero le mete la mano entre las pier­nas. La mujer mira la aguja que cuelga. La coge. El hilo se balan­cea. La mujer deja res­ba­lar su mano por el cuerpo. Cie­rra los ojos. Abre la boca. El car­pin­tero la lleva a la cama cogida por la muñeca. Tira sus pan­ta­lo­nes sobre la silla. El cal­zon­ci­llo parece un remiendo blanco entre las per­ne­ras. La mujer alza los mus­los y dobla las rodi­llas. Su vien­tre es de pasta. Sus pier­nas for­man una espe­cie de bas­ti­dor blanco sobre la sábana. Encima de la cabe­cera cuelga una foto en un marco negro. La madre del car­pin­tero apoya su pañuelo de cabeza con­tra el ala del som­brero de su esposo. En el cris­tal hay una man­cha. Sobre la bar­bi­lla de la madre, que son­ríe desde la foto. Son­ríe ya pró­xima a la muerte. A un año escaso. Son­ríe hacia una habi­ta­ción situada pared por medio.

La rueda del pozo gira por­que la luna es enorme y bebe agua. Por­que el viento se enreda entre sus rayos. El saco está húmedo. Cuelga sobre la rueda tra­sera como un cuerpo dor­mido. «Como un muerto cuelga detrás de mí este saco», piensa Windisch.

Win­disch siente su sexo tieso y con­tu­maz pegado al muslo.

«La madre del car­pin­tero se ha enfriado», piensa Windisch.

De: “El hom­bre es un gran fai­sán en el mundo”


 

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Herta Müller. Pre­mio Nobel de Lite­ra­tura  (nacida en 1953), es poeta y nove­lista. Su obra narra la vida en Ruma­nia bajo la tira­nia del dic­ta­dor Ceau­cescu. El galar­dón, dotado con cerca de un millón de euros, reco­noce en Müller su capa­ci­dad para des­cri­bir “el pai­saje de los des­po­seí­dos”. En España están edi­ta­das varias de sus obras, entre otras En tie­rras bajas y El hom­bre es un gran fai­sán en el mundo (ambas en Siruela), La bes­tia del cora­zón (Mon­da­dori) y La piel del zorro (Plaza&Janés).

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Posted by on noviembre 7, 2009. Filed under Escritores, Literatura. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0. You can leave a response or trackback to this entry

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