Charles Bukowski: Fuck Machine

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LA MÁQUINA DE FOLLAR

Hacía mucho calor aque­lla noche en el Bar de Tony. ni siquiera pen­saba en follar. sólo en beber cer­veza fresca. Tony nos puso un par para mí y para Mike el Indio, y Mike sacó el dinero. le dejé pagar la pri­mera ronda. Tony lo echó en la caja regis­tra­dora, abu­rrido, y miró alre­de­dor… había otros cinco o seis mirando sus cer­ve­zas. imbé­ci­les. así que Tony se sentó con nosotros.

- ¿qué hay de nuevo, Tony?

–pregunté-.

- es una mierda –dijo Tony-.

- no hay nada nuevo.

- mierda –dijo Tony-.

- ay, mierda –dijo Mike el Indio-.

bebi­mos las cervezas.

- ¿qué pien­sas tú de la Luna?

–pre­gunté a Tony-.

- mierda –dijo Tony-.

- sí –dijo Mike el Indio-, el que es un cara­pijo en la Tie­rra, es un cara­pijo en la Luna, qué mas da.

- dicen que pro­ba­ble­mente no haya vida en Marte –comenté-.

- ¿y qué coño importa? –pre­guntó Tony-.

- ay, mierda –dije-. dos cer­ve­zas más.

Tony las trajo, luego vol­vió a la caja con su dinero. lo guardó. volvió.

- mierda, vaya calor. me gus­ta­ría estar más muerto que los antiguos.

- ¿adónde crees tú que van los hom­bres cuando mue­ren, Tony?

- ¿y qué coño importa?

- ¿tú no crees en el Espí­ritu Humano?

- ¡eso son cuentos!

- ¿y qué pien­sas del Che, de Juana de Arco, de Billy el Niño, y de todos esos?

- cuen­tos, cuentos.

bebi­mos las cer­ve­zas pen­sando en esto.

- bueno –dije-, voy a echar una meada.

fui al retrete y allí, como siem­pre, estaba Petey el Búho. la saqué y empecé a mear.

- vaya polla más pequeña que tie­nes –me dijo-.

- cuando meo y cuando medito sí. pero soy lo que tú lla­mas un tipo elás­tico. Cuando llega el momento, cada milí­me­tro de ahora se con­vierte en seis.

- hom­bre, eso está muy bien, si es que no me enga­ñas. por­que ahí veo por lo menos cinco centímetros.

- es sólo el capullo.

- te doy un dólar si me dejas chupártela.

- no es mucho.

- eso es más que el capu­llo. seguro que no tie­nes más que eso.

- vete a la mierda, Petey.

- ya vol­ve­rás cuando no te quede dinero para cerveza.

volví a mi asiento.

- dos cer­ve­zas más –pedí-.

Tony hizo la ope­ra­ción habi­tual. luego volvió.

- vaya calor, voy a vol­verme loco –dijo-.

- el calor te hace com­pren­der pre­ci­sa­mente cuál es tu ver­da­dero yo –le expli­qué a Tony-.

- ¡corta ya! ¿me estás lla­mando loco?

- la mayo­ría lo esta­mos. pero per­ma­nece en secreto.

- sí, claro, supo­niendo que ten­gas razón en esa cho­rrada, dime, ¿cuán­tos hom­bres cuer­dos hay en la tie­rra? ¿hay alguno?

- unos cuantos.

- ¿cuán­tos?

- ¿de todos los millo­nes que existen?

- sí, sí.

- bueno, yo diría que cinco o seis.

- ¿cinco o seis? –dijo Mike el Indio-. ¡hom­bre no jodas!

- ¿cómo sabes que estoy loco? di –dijo Tony-. ¿cómo pode­mos fun­cio­nar si esta­mos locos?

- bueno, dado que esta­mos todos locos, hay sólo unos cuan­tos para con­tro­lar­nos, dema­siado pocos, así que nos dejan andar por ahí con nues­tras locu­ras. de momento, es todo lo que pue­den hacer. yo en tiem­pos creía que los cuer­dos podrían encon­trar algún sitio donde vivir en el espa­cio exte­rior mien­tras nos des­truían. pero ahora sé que tam­bién los locos con­tro­lan el espacio.

- ¿cómo lo sabes?

- por­que ya plan­ta­ron la ban­dera nor­te­ame­ri­cana en la luna.

- ¿y si los rusos hubie­ran plan­tado una ban­dera rusa en la luna?

- sería lo mismo –dije.

- ¿enton­ces tú eres impar­cial? –pre­guntó Tony-.

- soy impar­cial con todos los tipos de locura.

silen­cio. segui­mos bebiendo. Tony tam­bién; empezó a ser­virse whisky con agua. podía; era el dueño.

- coño, qué calor hace –dijo Tony-.

- mierda, sí –dijo Mike el Indio-.

enton­ces Tony empezó a hablar.

- locura –dijo– ¿y si os dijera que ahora mismo está pasando algo de autén­tica locura?

- claro –dije-.

- no, no, no… ¡quiero decir AQUÍ, en mi bar!

- ¿sí?

- sí. algo tan loco que a veces me da miedo.

- explí­came eso, Tony –dije-, siem­pre dis­puesto a escu­char los cuen­tos de los otros.

Tony se acercó más.

- conozco a un tío que ha hecho una máquina de follar. no esas cho­rra­das de las revis­tas de tías. esas cosas que se ven en los anun­cios. bote­llas de agua caliente con coños de carne de buey cam­bia­bles, todas esas cho­rra­das. este tipo lo ha con­se­guido de veras. es un cien­tí­fico ale­mán, lo cogi­mos noso­tros, quiero decir nues­tro gobierno. antes de que pudie­ran aga­rrarlo los rusos. no lo con­téis por ahí.

- claro hom­bre, no te preocupes…

- von Brash­litz. el gobierno intentó hacerle tra­ba­jar en el ESPACIO. No hubo nada que hacer. es un tipo muy listo, pero no tiene en la cabeza más que esa MÁQUINA DE FOLLAR. al mismo tiempo, se con­si­dera una espe­cie de artista, a veces dice que es Miguel Ángel… le die­ron una pen­sión de qui­nien­tos dóla­res al mes para que pudiera seguir lo bas­tante vivo para no aca­bar en un mani­co­mio. andu­vie­ron vigi­lán­dole un tiempo, luego se abu­rrie­ron o se olvi­da­ron de él, pero seguían man­dán­dole los che­ques, y de vez en cuando, una vez al mes o así, iba un agente y hablaba con él diez o veinte minu­tos, man­daba un informe diciendo que aún seguía loco y listo. así que él andaba por ahí de un sitio a otro, con su gran baúl rojo hasta que, por fin, una noche, llega aquí y empieza a beber. me cuenta que es sólo un viejo can­sado, que nece­sita un lugar real­mente tran­quilo para hacer sus expe­ri­men­tos. y le escondí aquí. aquí vie­nen muchos locos, ya sabéis.

- sí –dije yo-.

- luego, ami­gos, empezó a beber cada vez más, y acabó contándomelo.

había hecho una mujer mecá­nica que podía darle a un hom­bre más gusto que nin­guna mujer real de toda la his­to­ria… ade­más sin tam­pax, ni mier­das, ni discusiones.

- llevo toda la vida bus­cando una mujer así –dije yo-.

Tony se echó a reír.

- y quién no. yo creía que estaba chi­flado, claro, hasta que una noche des­pués de cerrar subí con él y sacó la MÁQUINA DE FOLLAR del baúl rojo.

- ¿y?

- fue como ir al cielo antes de morir.

- déjame que ima­gine el resto –le pedí-.

- ima­gina.

- von Brash­litz y su MÁQUINA DE FOLLAR están en este momento arriba, en esta misma casa.

- eso es –dijo Tony-.

- ¿cuánto?

- veinte bille­tes por sesión.

- ¿veinte bille­tes por follarse una máquina?

- ese tipo ha supe­rado a lo que nos creó, fuese lo que fuese. ya lo verás.

- Petey el Búho me la chupa y me da un dólar.

- Petey el Búho no está mal, pero no es un invento que supere a los dio­ses. le di mis veinte.

- te advierto, Tony, que si se trata de una chi­fla­dura del calor, per­de­rás a tu mejor cliente.

- como dijiste antes, todos esta­mos locos de todas for­mas. pue­des subir.

- de acuerdo –dije-.

- vale –dijo Mike el Indio-. aquí están mis veinte.

- os advierto que yo sólo me llevo el cin­cuenta por ciento. el resto es para von Brash­litz. qui­nien­tos de pen­sión no es mucho con la infla­ción y los impues­tos, y von B. bebe cer­veza como un loco.

- de acuerdo –dije-. ya tie­nes los cua­renta. ¿dónde está esa inmor­tal MÁQUINA DE FOLLAR?

Tony levantó una parte del mos­tra­dor y dijo:

- pasad por aquí. tenéis que subir por la esca­lera del fondo. Cuando lle­guéis lla­máis y decís «nos manda Tony».

- ¿en cual­quier puerta?

- la puerta 69.

- vale –dije-, ¿qué más?

- listo –dijo Tony-, pre­pa­rad las pelotas.

encon­tra­mos la esca­lera. subimos.

- Tony es capaz de todo por gas­tar una broma –dije-.

lle­ga­mos. allí estaba: puerta 69. llamé:

- nos manda Tony.

- ¡oh, pasen, pasen, caballeros!

allí estaba aquel viejo chi­flado con aire de palurdo, vaso de cer­veza en la mano, gafas de cris­tal doble. como en las vie­jas pelí­cu­las. tenía visita al pare­cer, una tía joven, casi dema­siado, pare­cía frá­gil y fuerte al mismo tiempo. cruzó las pier­nas, toda res­plan­de­ciente: rodi­llas de nylon, mus­los de nylon, y esa zona pequeña donde ter­mi­nan las lar­gas medias y empieza justo esa chispa de carne. era todo culo y tetas, pier­nas de nylon, risue­ños ojos de lím­pido azul…

- caba­lle­ros… mi hija Tanya…

- ¿qué?

- sí, ya lo sé, soy tan… viejo… pero igual que existe el mito del negro que está siem­pre empal­mado, existe el de los sucios vie­jos ale­ma­nes que no paran de follar. pue­den creer lo que quie­ran. de todos modos, ésta es mi hija Tanya…

- hola, mucha­chos –dijo ella sonriendo-.

luego todos mira­mos hacia la puerta en que había ese letrero: SALA DE ALMACENAJE DE LA MÁQUINA DE FOLLAR.

ter­minó su cerveza.

- bueno… supongo, mucha­chos, que venís a por el mejor POLVO de todos los tiempos…

- ¡papaíto! –dijo Tanya-. ¿por qué tie­nes que ser siem­pre tan grosero?

Tanya recruzó las pier­nas, más arriba esta vez, y casi me corro.

luego, el pro­fe­sor ter­minó otra cer­veza, se levantó y se acercó a la puerta del letrero SALA DE ALMACENAJE DE LA MÁQUINA DE FOLLAR. se vol­vió y nos son­rió. luego, muy des­pa­cio, abrió la puerta. entró y salió rodando aquel chisme que pare­cía una cama de hos­pi­tal con rue­das. el chisme estaba DESNUDO, una mesa de metal. el pro­fe­sor nos plantó aquel mal­dito traste delante y empezó a tara­rear una can­cion­ci­lla, pro­ba­ble­mente algo ale­mán. una masa de metal con aquel agu­jero en el cen­tro. el pro­fe­sor tenía una lata de aceite en la mano, la metió en el agu­jero y empezó a echar sin parar de aquel aceite. sin dejar de tara­rear aque­lla insen­sata can­ción ale­mana. y siguió un rato echando aceite hasta que por fin nos miró por encima del hom­bro y dijo: «bonita, ¿eh?». luego, vol­vió a su tarea, a seguir bom­beando aceite allí dentro.

Mike el Indio me miró, intentó reírse, dijo:

- mal­dita sea… ¡han vuelto a tomar­nos el pelo!

- si –dije yo-, estoy como si lle­vara cinco años sin echar un polvo, pero ten­dría que estar loco para meter el pijo en ese mon­tón de chatarra.

von Brash­litz soltó una car­ca­jada. se acercó al arma­rio de bebi­das. sacó otro quinto de cer­veza, se sir­vió un buen trago y se sentó frente a nosotros.

- cuando empe­za­mos a saber en Ale­ma­nia que estaba per­dida la gue­rra, y empezó a estre­charse el cerco, hasta la bata­lla final de Ber­lín, com­pren­di­mos que la gue­rra había tomado un giro nuevo: la autén­tica gue­rra pasó a ser enton­ces quién aga­rraba más cien­tí­fi­cos ale­ma­nes. si Rusia con­se­guía la mayo­ría de los cien­tí­fi­cos o si los con­se­guía Nor­te­amé­rica… los que más con­si­guie­ran serían los pri­me­ros en lle­gar a la Luna, los pri­me­ros en lle­gar a Marte… los pri­me­ros en todo. en fin, el resul­tado exacto no lo sé… numé­ri­ca­mente o en tér­mi­nos de ener­gía cere­bral cien­tí­fica. sólo sé que los nor­te­ame­ri­ca­nos me cogie­ron pri­mero, me aga­rra­ron, me metie­ron en un coche, me die­ron un trago, me pusie­ron una pis­tola en la sien, hicie­ron pro­me­sas, habla­ron y habla­ron. yo lo firmé todo…

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- todas esas con­si­de­ra­cio­nes his­tó­ri­cas me pare­cen muy bien –dije yo-. pero no voy a meter la polla, mi pobre­cita polla, en ese cacha­rro de acero o de lo que sea. Hitler debía ser real­mente un loco para con­fiar en usted. ¡ojalá le hubie­ran echado el guante los rusos! ¡yo lo que quiero es que me devuel­van mis veinte dólares!

von Brash­litz se echó a reír.

- jiii jiii jiii ji… es sólo mi bro­mita de siem­pre. jiii jiii jiii ji!

metió otra vez el cacha­rro en el cuar­tito. cerró la puerta.

- ¡ay, ji jiii ji! –bebió otro trago de schnaps.

luego se sir­vió más. lo liquidó.

- caba­lle­ros, ¡yo soy un artista y un inven­tor! mi MÁQUINA DE FOLLAR es en reali­dad mi hija, Tanya…

- ¿más chis­te­ci­tos, von? –pregunté.

- ¡no es nin­gún chiste! ¡Tanya! ¡ponte en el regazo de este caballero!

Tanya soltó una car­ca­jada, se levantó, se acercó, y se sentó en mi regazo.

¿Una MÁQUINA DE FOLLAR? ¡no podía serlo! su piel era piel, o lo pare­cía, y su len­gua cuando entró en mi boca al besar­nos, no era mecá­nica… cada movi­miento era dis­tinto, y res­pon­día a los míos. me lancé inme­dia­ta­mente, le arran­qué la blusa, le metí mano en las bra­gas, hacía años que no estaba tan caliente; luego nos enre­da­mos; de algún modo aca­ba­mos de pie… y la entré de pie, tirán­dole de aquel pelo largo y rubio, echán­dole la cabeza hacia atrás, luego bajando, sepa­rán­dole las nal­gas y aca­ri­cián­dole el ojo del culo mien­tras le ati­zaba, y se corrió… la sentí estre­me­cerse, pal­pi­tar, y me corrí tam­bién. ¡nunca había echado polvo mejor!

Tanya se fue al baño, se lim­pió y se duchó, y vol­vió a ves­tirse para Mike el Indio. supuse.

- el mayor invento de la espe­cie humana –dijo muy serio von Brashlitz-. tenía toda la razón.

por fin Tanya salió y se sentó en mi regazo.

- ¡NO! ¡NO! ¡TANYA! ¡AHORA LE TOCA AL OTRO! ¡CON ESE ACABAS DE FOLLAR!

ella pare­cía no oír, y era extraño, incluso en una MÁQUINA DE FOLLAR, por­que yo nunca había sido muy buen amante, la verdad.

- ¿me amas? –preguntó.

- sí.

- te amo, y soy muy feliz. y… teó­ri­ca­mente no estoy viva. ya lo sabes, ¿verdad?

- te amo, Tanya, eso es lo único que sé.

- ¡cago en tal! –chi­lló el viejo-. ¡esta JODIDA MÁQUINA! se acercó a la caja bar­ni­zada en que estaba escrita la pala­bra TANYA a un lado. salían unos peque­ños cables; había mar­ca­do­res y agu­jas que tem­ble­quea­ban, y varios indi­ca­do­res, luces que se apa­ga­ban y se encen­dían, chis­mes que tic­ta­quea­ban… von B. era el maca­rra más loco que había visto en mi vida. empezó a hur­gar en los mar­ca­do­res, luego miró a Tanya:

- ¡25 AÑOS! ¡toda una vida casi para cons­truirte! ¡tuve que escon­derte incluso de HITLER! y ahora… ¡pre­ten­des con­ver­tirte en una sim­ple y vul­gar puta!

- no tengo vein­ti­cinco –dijo Tanya-. tengo veinticuatro.

- ¿lo ves? ¿lo ves? ¡como una zorra nor­mal y corriente! vol­vió a sus marcadores.

- te has puesto un car­mín dis­tinto –dije a Tanya-.

- ¿te gusta?

- ¡oh, sí! se inclinó y me besó.

von B. seguía con sus mar­ca­do­res. tenía el pre­sen­ti­miento de que gana­ría él. von Brash­litz se vol­vió a Mike el Indio:

- no se preo­cupe, con­fíe en mí, no es más que una pequeña ave­ría. lo arre­glaré en un momento.

- eso espero –dijo Mike el Indio-. se me ha puesto en treinta y cinco cen­tí­me­tros espe­rando y he pagado veinte dólares.

- te amo –me dijo Tanya-. no vol­veré a follar con nin­gún otro hom­bre. si puedo tenerte a ti, no quiero a nadie más.

- te per­do­naré Tanya, hagas lo que hagas.

el profe estaba corri­dí­simo. seguía con los cables pero nada lograba.

- ¡TANYA! ¡AHORA TE TOCA FOLLAR CON EL OTRO! estoy… can­sán­dome ya… tengo que echar otro tra­guito de aguar­diente… dor­mir un poco… Tanya…

- oh –dijo Tanya– ¡este jodido viejo! ¡tú y tus tra­gui­tos, y luego te pasas la noche mor­dis­queán­dome las tetas y no puedo dor­mir! ¡ni siquiera eres capaz de con­se­guir un empalme decente! ¡eres asqueroso!

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- ¿CÓMO?

- ¡DIJE «QUE NI SIQUIERA ERES CAPAZ DE CONSEGUIR UN EMPALME DECENTE»!

- ¡esto lo paga­rás Tanya! ¡eres crea­ción mía, no yo crea­ción tuya! seguía hur­gando en sus mági­cos mar­ca­do­res. quiero decir, en la máquina. estaba fuera de sí, pero se veía cla­ra­mente que la rabia le daba una cla­ri­vi­den­cia que le hacía superarse.

- es sólo un momento, caba­llero –dijo diri­gién­dose a Mike-. ¡sólo tengo que ajus­tar los cua­dros elec­tró­ni­cos! ¡un momento! ¡vale! ¡ya está! enton­ces se levantó de un salto. aquel tipo al que habían sal­vado de los rusos. miró a Mike el Indio.

- ¡ya está arre­glado! ¡la máquina está en orden! ¡a diver­tirse caballero!

luego, se acercó a su bote­lla de aguar­diente, se sir­vió otro pelo­tazo y se sentó a observar.

Tanya se levantó de mi regazo y se acercó a Mike el Indio. vi que Tanya y Mike el Indio se abra­za­ban. Tanya le bajó la cre­ma­llera. le sacó la polla, ¡menuda polla tenía el tío! había dicho treinta y cinco cen­tí­me­tros, pero pare­cían por lo menos cin­cuenta. luego Tanya rodeó con las manos la polla de Mike. él gemía de gozo. luego la arrancó de cuajo. la tiró a un lado. vi el chisme rodar por la alfom­bra como una dis­pa­ra­tada sal­chi­cha, dejando tris­tes regue­rue­los de san­gre. fue a dar con­tra la pared. allí se quedó como algo con cabeza pero sin pier­nas y sin lugar alguno a donde ir… lo cual era bas­tante cierto. luego, allá fue­ron las BOLAS volando por el aire. una visión sal­ta­rina y pesada. sim­ple­mente ate­rri­za­ron en el cen­tro de la alfom­bra y no supie­ron qué hacer más que san­grar. así que sangraron.

von Brash­litz, el héroe de la inva­sión ruso­nor­te­ame­ri­cana, miró áspe­ra­mente lo que que­daba de Mike el Indio, mi viejo cama­rada de sople, rojo rojo allá en el suelo, manando por su cen­tro… von B. se dio el piro, esca­le­ras abajo… la habi­ta­ción 69 había hecho de todo salvo aquello.

luego le pre­gunté a ella:

- Tanya, habrá pro­ble­mas aquí muy pronto. ¿por qué no dedi­ca­mos el número de la habi­ta­ción a nues­tro amor?

- ¡como quie­ras, amor mío! lo hici­mos, justo a tiempo; y luego entra­ron aque­llos idio­tas. uno de aque­llos ente­ra­dos declaró enton­ces muerto a Mike el Indio. y como von B. era una espe­cie de pro­ducto del gobierno nor­te­ame­ri­cano, en seguida se llenó aque­llo de gente, varios fun­cio­na­rios de mierda de diver­sos tipos, bom­be­ros, perio­dis­tas, la pasma, el inven­tor, la CIA, el FBI y otras diver­sas for­mas de basura humana.

Tanya vino y se sentó en mi regazo.

- ahora me mata­rán. pro­cura no entris­te­certe, por favor.

no con­testé. luego von Brash­litz se puso a chi­llar, apun­tando a Tanya:

- ¡SE LO ASEGURO, CABALLEROS, ELLA NO TIENE NINGÚN SENTIMIENTO! ¡CONSEGUÍ QUE HITLER NO LA AGARRASE! ¡se lo ase­guro, no es más que una MÁQUINA!

todos se limi­ta­ron a que­darse allí mirán­dole. nadie le creía. era ni más ni menos la máquina más bella, la mujer por así decirlo, que habían visto en su vida.

- ¡mal­dita sea! ¡maja­de­ros! toda mujer es una máquina de follar, ¿es que no se dan cuenta? ¡apues­tan al mejor caba­llo! ¡EL AMOR NO EXISTE! ¡ES UN ESPEJISMO DE CUENTO DE HADAS COMO LOS REYES MAGOS!

aun así no le creían.

- ¡ESTO es sólo una máquina! ¡no ten­gan nin­gún MIEDO! ¡MIREN! von Brash­litz aga­rró uno de los bra­zos de Tanya. lo arrancó de cuajo del cuerpo. y den­tro, den­tro del agu­jero del hom­bro, se veía cla­ra­mente, no había más que cables y tubos, cosas enros­ca­das y entre­la­za­das, ade­más de cierta sus­tan­cia secun­da­ria que recor­daba vaga­mente la san­gre. y yo vi a Tanya allí de pie con aque­llos alam­bres enros­ca­dos col­gán­dole del hom­bro donde antes tenía el brazo. me miró:

- ¡por favor, hazlo por mí! recuerda que te pedí que no te pusie­ras triste. vi como se echa­ban sobre ella, como la des­tro­za­ban y la vio­la­ban y la muti­la­ban. no pude evi­tarlo. apoyé la cabeza en las rodi­llas y me eché a llorar…

Mike el Indio nunca llegó a cobrarse sus veinte dóla­res. pasa­ron unos meses. no volví al bar. hubo jui­cio, pero el gobierno exi­mió de toda culpa a von B. y a su máquina. me tras­ladé a otra ciu­dad. lejos. y un día estaba sen­tado en la pelu­que­ría y cogí una revista por­no­grá­fica. había un anuncio:

«¡Hin­che su pro­pia muñe­quita! vein­ti­nueve dóla­res noventa y cinco. goma resis­tente, muy dura­dera. cade­nas y láti­gos inclui­dos en el lote. un bikini, sos­tén, bra­gas, dos pelu­cas, barra de labios y un tarrito de poción de amor inclui­dos. von Brash­litz Co.».

envié un pedido. a un apar­tado de Mas­sa­chu­setts. tam­bién él se había trasladado.

el paquete llegó al cabo de unas tres sema­nas. fue bas­tante emba­ra­zoso por­que yo no tenía bomba de bici­cleta, y me puse muy caliente cuando saqué todo aque­llo del paquete. tuve que bajar a la gaso­li­nera de la esquina y uti­li­zar la bomba de aire. hin­chada tenía mejor pinta. gran­des tetas, un culo. inmenso.

- ¿qué es eso que tiene ahí, amigo? –me pre­guntó el de la gasolinera-.

- oiga, oiga, yo le he pedido pres­tado un poco de aire. soy un buen cliente, ¿no?

- bueno, bueno, puede coger el aire. pero es que no puedo evi­tar la curio­si­dad… ¿qué tiene ahí?

- ¡vamos, déjeme en paz! –dije-.

- ¡DIOS MÍO! ¡qué TETAS! ¡mire, mire!

- ¡ya las veo, imbécil!

le dejé con la len­gua fuera, me eché el chisme al hom­bro y volví a casa. Me metí en el dor­mi­to­rio. aún estaba por plan­tearse la gran cues­tión… abrí las pier­nas bus­cando algún tipo de aber­tura. von B. no lo había hecho mal del todo. me eché encima y empecé a besar aque­lla boca de goma. de cuando en cuando echaba mano a una de las gigan­tes­cas tetas de goma y la chu­paba. le había puesto una peluca ama­ri­lla y me había fro­tado con la poción de amor toda la polla. no hizo falta mucha poción de amor, con la del tarro habría para un año. la besé apa­sio­na­da­mente detrás de las ore­jas, le metí el dedo en el culo y le di sin parar. luego la dejé, di un salto, le enca­dené los bra­zos a la espalda, con el can­da­dito y la llave, y le azoté el culo de lo lindo con los látigos.

¡dios mío, voy a vol­verme loco! pensé.

des­pués de azo­tarla bien, volví a metér­sela. follé y follé. era más bien abu­rrido, la ver­dad. ima­giné perros follando con gatas; ima­giné dos per­so­nas follando en el aire mien­tras caían de un ras­ca­cie­los. ima­giné un coño grande como un pulpo, rep­tando hacia mí, apes­toso, anhe­lante de orgasmo. Recordé todas las bra­gas, rodi­llas, pier­nas, tetas y coños que había visto. la goma sudaba; yo sudaba.

- ¡te amo, que­rida! –susu­rré jadeante en sus oídos de goma-. me fas­ti­dia admi­tirlo, pero me obli­gué a eya­cu­lar en aque­lla sar­nosa masa de goma. no se pare­cía en nada a Tanya. cogí una navaja de afei­tar y des­trocé el arte­facto. lo tiré donde las latas vacías de cerveza.

¿cuán­tos hom­bres com­pran esos chis­mes absur­dos en Nor­te­amé­rica? ¿no pasas ante medio cen­te­nar de máqui­nas de joder si das una vuelta por cual­quier calle cén­trica de una gran ciu­dad de Nor­te­amé­rica? con la única dife­ren­cia de que éstas pre­ten­den ser muje­res. pobre Mike el Indio, con su polla muerta de cin­cuenta cen­tí­me­tros. todos los pobres mikes. todos los que esca­lan el Espa­cio. todas las putas de Viet­nam y Washing­ton. pobre Tanya, con su vien­tre que había sido el vien­tre de un cerdo. sus venas que habían sido las venas de un perro. ape­nas cagaba o meaba, follar, sólo follaba (cora­zón, voz y len­gua pres­ta­dos por otros). por enton­ces, sólo debían haber hecho unos die­ci­siete trans­plan­tes de órga­nos. von B. iba muy por delante de todos.

pobre Tanya, qué poco había comido la pobre… bási­ca­mente queso barato y uvas pasas. nunca había deseado dinero ni pro­pie­da­des ni gran­des coches nue­vos, ni casas super­ca­ras. jamás había leído el dia­rio de la tarde. no deseaba en abso­luto una tele­vi­sión en color, ni som­bre­ros nue­vos, ni botas de llu­via, ni char­las de patio con muje­res idio­tas; jamás había que­rido un marido médico, o corre­dor de bolsa, o miem­bro del Con­greso o poli­cía. y el tipo de la gaso­li­nera sigue preguntándome:

- oiga, ¿qué fue de aque­llo que trajo a hin­char aquel día?

pero ya no me lo pre­gun­tará más. voy a echar gaso­lina en otro sitio. y no vol­veré tam­poco a la bar­be­ría donde vi la revista del anun­cio de la muñeca de goma de von B. voy a inten­tar olvi­darlo todo.

¿no harías tu lo mismo?

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