Jacques Cousteau: El poder de nuestra civilización

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Por Jac­ques Cous­teau (*)

El medio ambiente no es sólo lo que cono­ce­mos como entorno, el esce­na­rio donde desa­rro­lla­mos nues­tras vidas. Existe lo que podría­mos lla­mar un medio ambiente interno. Abarca nues­tro com­por­ta­miento, nues­tro código moral, nues­tras tra­di­cio­nes, nues­tra lengua.

El teo­rema bio­di­ver­si­dad no sólo se aplica a los eco­sis­te­mas, sino tam­bién a los con­cep­tos, como el lite­ra­rio, el musi­cal y el artís­tico. Hoy, la cien­cia ha demos­trado que la mul­ti­pli­ci­dad y las dife­ren­cias de y entre las cul­tu­ras –sean pri­mi­ti­vas o sofis­ti­ca­das– son los fac­to­res esen­cia­les del poderío de nues­tra civi­li­za­ción, son el tesoro irrem­pla­za­ble de la huma­ni­dad. Sin embargo, Sume­ria, Egipto, Mon­go­lia, Gre­cia, Roma y muchos otros súpe­res­ta­dos, enso­ber­be­ci­dos por su pro­pio poder, se afa­na­ron en des­truir unas cuan­tas civi­li­za­cio­nes pode­ro­sas y aplas­ta­ron a cien­tos de cul­tu­ras más modes­tas, con lo que empo­bre­cie­ron nues­tro patri­mo­nio para siempre.

Nece­si­ta­mos liber­tad cul­tu­ral tanto como el aire que res­pi­ra­mos. Pre­ci­sa­mos de diver­si­dad cul­tu­ral tanto como reque­ri­mos de gas­tro­no­mías, idio­mas incom­pren­si­bles, liber­tad y demo­cra­cia. Nece­si­ta­mos tiempo, no sólo para pro­du­cir, sino para pen­sar, crear y dis­fru­tar de la vida.

“…Sólo existe una forma de man­te­ner flo­re­ciente nues­tra civi­li­za­ción: debe­mos pro­te­ger su diver­si­dad. Debe­mos recha­zar la venta de patri­mo­nios como si fue­ran mer­can­cías.…”

Ahora debe­mos pro­mo­ver un des­per­tar de la opi­nión pública mun­dial para sal­var las fron­te­ras mix­tas y la pro­fu­sión de nues­tra diver­si­fi­cada jun­gla cul­tu­ral… Aún no alcan­za­mos seme­jan­tes nive­les de pensamiento.

Durante el trans­curso de mi vida aven­tu­rera, fui tes­tigo de muchos nau­fra­gios cul­tu­ra­les. La mayor parte de estas tra­ge­dias se debió a la con­fron­ta­ción de dos pue­blos, de dos for­mas de vida dis­tin­tas, una de ellas habiendo decla­rado uni­la­te­ral­mente su superioridad.

Cuando mi barco, el “Caly­pso”, llegó a Tie­rra del Fuego en 1972, inves­ti­ga­mos en una isla a los indios lla­ma­dos onas. Sólo que­daba una mujer de 82 años de edad. Todos los demás habían sido caza­dos con esco­pe­tas como si fue­ran ani­ma­les. ¿El pre­texto? El pro­pio Dar­win había decla­rado que los onas esta­ban más pró­xi­mos a los ani­ma­les que a los hombres.

En Chile, en 1973, estu­dia­mos a los últi­mos 37 indios kawa­sh­kiar. Quince años más tarde, ya no que­daba uno solo. Se les había empleado como mine­ros y fue­ron inca­pa­ces de adaptarse.

Los gue­rre­ros niassi vivían en la isla de Nias, al oeste de Suma­tra. Ancla­mos en la Bahía de Lagundi y nos encon­tra­mos con ano­di­nos ciu­da­da­nos indo­ne­sios: no tenían ya memo­ria de su cul­tura ances­tral. Los ancia­nos habían eri­gido monu­men­tos de pie­dra como un ras­tro para no ser olvi­da­dos, pero hace un siglo, su jefe se con­vir­tió al pro­tes­tan­tismo y su legado les fue extir­pado. Los misio­ne­ros ani­qui­la­ron la forma de vida de los niassi más de raíz que varios siglos de guerras.

En Bra­sil se per­si­gue y se exter­mina a los yano­mami sólo por­que se ha encon­trado oro en su pro­vin­cia tra­di­cio­nal. Y uno de los ejem­plos más sig­ni­fi­ca­ti­vos para el resto del mundo es el auto­ge­no­ci­dio de los pas­cuen­ses, una tribu de poli­ne­sios que en el año 700 de nues­tra era se esta­ble­ció en la pequeña isla de Pas­cua, que en un período de 900 años pro­li­feró de 200 per­so­nas a 70 mil, y que ter­minó des­a­pa­re­ciendo ante una falta total de recur­sos debido a la sobrepoblación.

Estos casos de pér­dida cul­tu­ral nos ense­ñan una lec­ción. Sólo existe una forma de man­te­ner flo­re­ciente nues­tra civi­li­za­ción: debe­mos pro­te­ger su diver­si­dad. Debe­mos recha­zar la venta de patri­mo­nios como si fue­ran mercancías.

El obje­tivo de la civi­li­za­ción con­siste en ase­gu­rar a todos cierta “cali­dad de vida”, enga­la­nada con cierta “ale­gría de vivir”. Ya que demo­cra­cia implica com­par­tir, debe­ría­mos tra­ba­jar por mejo­rar la suerte de los pue­blos menos favo­re­ci­dos (unas tres quin­tas par­tes de la pobla­ción mun­dial). De cual­quier forma, la parte indi­vi­dual del pas­tel va a irse redu­ciendo en una can­ti­dad aún des­co­no­cida, con­forme la pobla­ción siga creciendo.

El acer­tijo es tan com­plejo que no se puede resol­ver sólo por medio de la eco­no­mía, la gené­tica, la moral, la ter­mo­di­ná­mica o la diver­si­dad bio­ló­gica. ¿Cómo debe­ría­mos com­par­tir nues­tro entorno limi­tado entre la huma­ni­dad –que exige más y más espa­cio– y esa otra comu­ni­dad indis­pen­sa­ble lla­mada fauna?

Pre­gun­tas como ésta ponen de relieve dile­mas inevi­ta­bles sobre la limi­tada y des­co­no­cida habi­ta­bi­li­dad de la esfera en que vivi­mos. Pero no debe­mos des­ani­mar­nos por seme­jan­tes com­ple­ji­da­des. Nues­tros cálcu­los deses­pe­ra­dos pue­den sim­pli­fi­carse si recu­rri­mos al sen­tido común, la buena volun­tad y el amor.

Publi­cada en ‘Valuing the Envi­ron­ment’, del Banco Mundial.

(*) Jac­ques Cous­teau (Saint-André-de-Cubzac, 1910 — 1997)

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