Carta del Papa Benedicto XVI a los Católicos de Irlanda

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Tra­duc­ción:

1. Que­ri­dos her­ma­nos y her­ma­nas de la Igle­sia en Irlanda, os escribo con gran preo­cu­pa­ción como Pas­tor de la Igle­sia uni­ver­sal. Al igual que voso­tros estoy pro­fun­da­mente cons­ter­nado por las noti­cias con­cer­nien­tes al abuso de niños y jóve­nes inde­fen­sos por parte de miem­bros de la Igle­sia en Irlanda, espe­cial­mente sacer­do­tes y reli­gio­sos. Com­parto la desa­zón y el sen­ti­miento de trai­ción que muchos de voso­tros expe­ri­men­ta­ron al ente­rarse de esos actos peca­mi­no­sos y cri­mi­na­les y del modo en que fue­ron afron­ta­dos por las auto­ri­da­des de la Igle­sia en Irlanda.

Como sabéis, invité hace poco a los obis­pos de Irlanda a una reunión en Roma para que infor­ma­sen sobre cómo abor­da­ron esas cues­tio­nes en el pasado e indi­ca­sen los pasos que habían dado para hacer frente a una situa­ción tan grave. Junto con algu­nos altos pre­la­dos de la Curia Romana escu­ché lo que tenían que decir, tanto indi­vi­dual­mente como en grupo, sea sobre el aná­li­sis de los erro­res come­ti­dos y las lec­cio­nes apren­di­das, que sobre la des­crip­ción de los pro­gra­mas y pro­ce­di­mien­tos actual­mente en curso. Nues­tras dis­cu­sio­nes fue­ron fran­cas y cons­truc­ti­vas. Estoy seguro de que, como resul­tado, los obis­pos están ahora en una posi­ción más fuerte para con­ti­nuar la tarea de repa­rar las injus­ti­cias del pasado y de abor­dar cues­tio­nes más amplias rela­cio­na­das con el abuso de los niños de manera con­forme con las exi­gen­cias de la jus­ti­cia y las ense­ñan­zas del Evangelio.

2. Por mi parte, teniendo en cuenta la gra­ve­dad de estos deli­tos y la res­puesta a menudo inade­cuada que han reci­bido por parte de las auto­ri­da­des ecle­siás­ti­cas de vues­tro país, he deci­dido escri­bir esta carta pas­to­ral para expre­sa­ros mi cer­ca­nía, y pro­po­ne­ros un camino de cura­ción, reno­va­ción y reparación.

Es ver­dad, como han obser­vado muchas per­so­nas en vues­tro país, que el pro­blema de abuso de meno­res no es espe­cí­fico de Irlanda o de la Igle­sia. Sin embargo, la tarea que tenéis ahora por delante es la de hacer frente al pro­blema de los abu­sos ocu­rri­dos den­tro de la comu­ni­dad cató­lica de Irlanda y de hacerlo con coraje y deter­mi­na­ción. Que nadie se ima­gine que esta dolo­rosa situa­ción se resuelva pronto. Se han dado pasos posi­ti­vos pero toda­vía queda mucho por hacer. Nece­si­ta­mos per­se­ve­ran­cia y ora­ción, con gran fe en la fuerza sal­va­dora de la gra­cia de Dios.

Al mismo tiempo, debo tam­bién expre­sar mi con­vic­ción de que para recu­pe­rarse de esta dolo­rosa herida, la Igle­sia en Irlanda, debe reco­no­cer en pri­mer lugar ante Dios y ante los demás, los gra­ves peca­dos come­ti­dos con­tra niños inde­fen­sos. Ese reco­no­ci­miento, junto con un sin­cero pesar por el daño cau­sado a las víc­ti­mas y sus fami­lias, debe desem­bo­car en un esfuerzo con­junto para garan­ti­zar que en el futuro los niños estén pro­te­gi­dos de seme­jan­tes delitos.

Mien­tras os enfren­táis a los retos de este momento, os pido que recor­déis la “roca de la que fuis­teis talla­dos” (Isaías 51, 1). Refle­xio­nad sobre la gene­rosa y a menudo heroica con­tri­bu­ción ofre­cida a la Igle­sia y a la huma­ni­dad por gene­ra­cio­nes de hom­bres y muje­res irlan­de­ses, y haced que de esa refle­xión brote el impulso para un honesto exa­men de con­cien­cia per­so­nal y para un sólido pro­grama de reno­va­ción de la Igle­sia y el indi­vi­duo. Rezo para que, asis­tida por la inter­ce­sión de sus nume­ro­sos san­tos y puri­fi­cada por la peni­ten­cia, la Igle­sia en Irlanda supere esta cri­sis y vuelve a ser una vez más tes­ti­mo­nio con­vin­cente de la ver­dad y la bon­dad de Dios Todo­po­de­roso, que se mani­fiesta en su Hijo Jesucristo.

3. A lo largo de la his­to­ria, los cató­li­cos irlan­de­ses han demos­trado ser, tanto en su patria como fuera de ella, una fuerza motriz del bien. Mon­jes cel­tas como San Columba difun­die­ron el evan­ge­lio en Europa occi­den­tal y sen­ta­ron las bases de la cul­tura monás­tica medie­val. Los idea­les de san­ti­dad, cari­dad y sabi­du­ría tras­cen­dente, naci­dos de la fe cris­tiana, que­da­ron plas­ma­dos en la cons­truc­ción de igle­sias y monas­te­rios y en la crea­ción de escue­las, biblio­te­cas y hos­pi­ta­les, que con­tri­bu­ye­ron a con­so­li­dar la iden­ti­dad espi­ri­tual de Europa. Aque­llos misio­ne­ros irlan­de­ses debían su fuerza y su ins­pi­ra­ción a la fir­meza de su fe, al fuerte lide­razgo y a la rec­ti­tud moral de la Igle­sia en su tie­rra natal.

A par­tir del siglo XVI, los cató­li­cos en Irlanda atra­ve­sa­ron por un largo período de per­se­cu­ción, durante el cual lucha­ron por man­te­ner viva la llama de la fe en cir­cuns­tan­cias difí­ci­les y peli­gro­sas. San Oli­ver Plun­kett, már­tir y arzo­bispo de Armagh, es el ejem­plo más famoso de una mul­ti­tud de vale­ro­sos hijos e hijas de Irlanda dis­pues­tos a dar su vida por la fide­li­dad al Evan­ge­lio. Des­pués de la Eman­ci­pa­ción Cató­lica, la Igle­sia fue libre de nuevo para vol­ver a cre­cer. Las fami­lias y un sin­fín de per­so­nas que habían con­ser­vado la fe en el momento de la prueba se con­vir­tie­ron en la chispa de un gran rena­ci­miento del cato­li­cismo irlan­dés en el siglo XIX. La igle­sia esco­la­ri­zaba, espe­cial­mente a los pobres, lo que supuso una impor­tante con­tri­bu­ción a la socie­dad irlan­desa. Entre los fru­tos de las nue­vas escue­las cató­li­cas se cuenta el aumento de las voca­cio­nes: gene­ra­cio­nes de sacer­do­tes misio­ne­ros, her­ma­nas y her­ma­nos, deja­ron su patria para ser­vir en todos los con­ti­nen­tes, sobre todo en mundo de habla inglesa. Eran excep­cio­na­les, no sólo por la vas­te­dad de su número, sino tam­bién por la fuerza de la fe y la soli­dez de su com­pro­miso pas­to­ral. Muchas dió­ce­sis, espe­cial­mente en África, Amé­rica y Aus­tra­lia, se han bene­fi­ciado de la pre­sen­cia de clé­ri­gos y reli­gio­sos irlan­de­ses, que pre­di­ca­ron el Evan­ge­lio y fun­da­ron parro­quias, escue­las y uni­ver­si­da­des, clí­ni­cas y hos­pi­ta­les, abier­tas tanto a los cató­li­cos, como al resto de la socie­dad, pres­tando una aten­ción par­ti­cu­lar a las nece­si­da­des de los pobres.

En casi todas las fami­lias irlan­de­sas, ha habido siem­pre alguien — un hijo o una hija, una tía o un tío — que die­ron sus vidas a la Igle­sia. Con razón, las fami­lias irlan­de­sas tie­nen un gran res­peto y afecto por sus seres que­ri­dos que dedi­ca­ron la vida a Cristo, com­par­tiendo el don de la fe con los demás y tra­du­cién­dola en accio­nes sir­viendo con amor a Dios y al prójimo.

4. En las últi­mas déca­das, sin embargo, la Igle­sia en vues­tro país ha tenido que enfren­tarse a nue­vos y gra­ves retos para la fe debi­dos a la rápida trans­for­ma­ción y secu­la­ri­za­ción de la socie­dad irlan­desa. El cam­bio social ha sido muy veloz y a menudo ha reper­cu­tido adver­sa­mente en la tra­di­cio­nal adhe­sión de las per­so­nas a las ense­ñan­zas y valo­res cató­li­cos. Asi­mismo , las prác­ti­cas sacra­men­ta­les y devo­cio­na­les que sus­ten­tan la fe y la hacen cre­cer, como la con­fe­sión fre­cuente, la ora­ción dia­ria y los reti­ros anua­les se deja­ron ‚con fre­cuen­cia, de lado.

Tam­bién fue sig­ni­fi­ca­tiva en este período la ten­den­cia, incluso por parte de los sacer­do­tes y reli­gio­sos, a adop­tar for­mas de pen­sa­miento y de jui­cio de la reali­dad secu­lar sin refe­ren­cia sufi­ciente al Evan­ge­lio. El pro­grama de reno­va­ción pro­puesto por el Con­ci­lio Vati­cano II fue a veces mal enten­dido y, ade­más, a la luz de los pro­fun­dos cam­bios socia­les que esta­ban teniendo lugar, no era nada fácil dis­cer­nir la mejor manera de rea­li­zarlo. En par­ti­cu­lar, hubo una ten­den­cia, moti­vada por bue­nas inten­cio­nes, pero equi­vo­cada, de evi­tar los enfo­ques pena­les de las situa­cio­nes canó­ni­ca­mente irre­gu­la­res. En este con­texto gene­ral debe­mos tra­tar de enten­der el inquie­tante pro­blema de abuso sexual de niños, que ha con­tri­buido no poco al debi­li­ta­miento de la fe y la pér­dida de res­peto por la Igle­sia y sus enseñanzas.

Sólo exa­mi­nando cui­da­do­sa­mente los nume­ro­sos ele­men­tos que han dado lugar a la cri­sis actual es posi­ble efec­tuar un diag­nós­tico claro de las cau­sas y encon­trar las solu­cio­nes efi­ca­ces. Cier­ta­mente, entre los fac­to­res que han con­tri­buido a ella, pode­mos enu­me­rar: los pro­ce­di­mien­tos inade­cua­dos para deter­mi­nar la ido­nei­dad de los can­di­da­tos al sacer­do­cio y a la vida reli­giosa, la insu­fi­ciente for­ma­ción humana, moral, inte­lec­tual y espi­ri­tual en los semi­na­rios y novi­cia­dos, la ten­den­cia de la socie­dad a favo­re­cer al clero y otras figu­ras de auto­ri­dad y una preo­cu­pa­ción fuera de lugar por el buen nom­bre de la Igle­sia y por evi­tar escán­da­los cuyo resul­tado fue la falta de apli­ca­ción de las penas canó­ni­cas en vigor y de la sal­va­guar­dia de la dig­ni­dad de cada per­sona. Es nece­sa­ria una acción urgente para con­tra­rres­tar estos fac­to­res, que han tenido con­se­cuen­cias tan trá­gi­cas para la vida de las víc­ti­mas y sus fami­lias y han obs­cu­re­cido tanto la luz del Evan­ge­lio, como no lo habían hecho siglos de persecución.

5. En varias oca­sio­nes, desde mi elec­ción a la Sede de Pedro, me he encon­trado con víc­ti­mas de abu­sos sexua­les y estoy dis­puesto a seguir hacién­dolo en futuro. He hablado con ellos, he escu­chado sus his­to­rias, he cons­ta­tado su sufri­miento, he rezado con ellos y por ellos. Ante­rior­mente en mi pon­ti­fi­cado, preo­cu­pado por abor­dar esta cues­tión, pedí a los obis­pos de Irlanda, durante la visita ad limina de 2006 que “esta­ble­cie­ran la ver­dad de lo ocu­rrido en el pasado y toma­sen todas las medi­das nece­sa­rias para evi­tar que suce­diera de nuevo, para ase­gu­rar que los prin­ci­pios de jus­ti­cia sean ple­na­mente res­pe­ta­dos y, sobre todo, para curar a las víc­ti­mas y a todos los afec­ta­dos por estos crí­me­nes atro­ces “ (Dis­curso a los obis­pos de Irlanda, el 28 de octu­bre de 2006).

Con esta carta, quiero exhor­ta­ros a todos voso­tros, como pue­blo de Dios en Irlanda, a refle­xio­nar sobre las heri­das infli­gi­das al cuerpo de Cristo, los reme­dios nece­sa­rios y a veces dolo­ro­sos, para ven­dar­las y curar­las , y la nece­si­dad de la uni­dad, la cari­dad y la ayuda mutua en el largo pro­ceso de recu­pe­ra­ción y reno­va­ción ecle­sial. Me dirijo ahora a voso­tros con pala­bras que me salen del cora­zón, y quiero hablar a cada uno de voso­tros y a todos voso­tros como her­ma­nos y her­ma­nas en el Señor.

6. A las víc­ti­mas de abu­sos y a sus familias

Habéis sufrido inmen­sa­mente y me ape­sa­dum­bra tanto. Sé que nada puede borrar el mal que habéis sopor­tado. Vues­tra con­fianza ha sido trai­cio­nada y vio­lada vues­tra dig­ni­dad. Muchos de voso­tros han expe­ri­men­tado que cuando tuvie­ron el valor sufi­ciente para hablar de lo que les había pasado, nadie que­ría escu­char­los. Aque­llos que sufrie­ron abu­sos en los inter­na­dos deben haber sen­tido que no había manera de esca­par de su dolor. Es com­pren­si­ble que os sea difí­cil per­do­nar o recon­ci­lia­ros con la Igle­sia. En su nom­bre, expreso abier­ta­mente la ver­güenza y el remor­di­miento que sen­ti­mos todos. Al mismo tiempo, os pido que no per­dáis la espe­ranza. En la comu­nión con la Igle­sia es donde nos encon­tra­mos con la per­sona de Jesu­cristo, que fue Él mismo una víc­tima de la injus­ti­cia y el pecado. Como voso­tros aún lleva las heri­das de su sufri­miento injusto. Él entiende la pro­fun­di­dad de vues­tro dolor y la per­sis­ten­cia de su efecto en vues­tras vidas y vues­tras rela­cio­nes con los demás, inclu­yendo vues­tra rela­ción con la Iglesia.

Sé que a algu­nos de voso­tros les resulta difí­cil incluso entrar en una igle­sia des­pués de lo que ha suce­dido. Sin embargo, las heri­das de Cristo, trans­for­ma­das por su sufri­miento reden­tor, son los ins­tru­men­tos que han roto el poder del mal y nos hacen rena­cer a la vida y la espe­ranza. Creo fir­me­mente en el poder cura­tivo de su amor sacri­fi­cial – incluso en las situa­cio­nes más oscu­ras y deses­pe­ra­das — que libera y trae la pro­mesa de un nuevo comienzo.

Al diri­girme a voso­tros como un pas­tor, preo­cu­pado por el bie­nes­tar de todos los hijos de Dios, os pido humil­de­mente que refle­xio­néis sobre lo que he dicho. Ruego que, acer­cán­doos a Cristo y par­ti­ci­pando en la vida de su Igle­sia — una Igle­sia puri­fi­cada por la peni­ten­cia y reno­vada en la cari­dad pas­to­ral – podáis des­cu­brir de nuevo el amor infi­nito de Cristo por cada uno de voso­tros. Estoy seguro de que de esta manera seréis capa­ces de encon­trar recon­ci­lia­ción, pro­funda cura­ción inte­rior y paz.

7. A los sacer­do­tes y reli­gio­sos que han abu­sado de niños

Habéis trai­cio­nado la con­fianza depo­si­tada en voso­tros por jóve­nes inocen­tes y por sus padres. Debéis res­pon­der de ello ante Dios Todo­po­de­roso y ante los tri­bu­na­les debi­da­mente cons­ti­tui­dos. Habéis per­dido la estima de la gente de Irlanda y arro­jado ver­güenza y des­ho­nor sobre vues­tros seme­jan­tes. Aque­llos de voso­tros que son sacer­do­tes han vio­lado la san­ti­dad del sacra­mento del Orden, en el que Cristo mismo se hace pre­sente en noso­tros y en nues­tras accio­nes. Junto con el inmenso daño cau­sado a las víc­ti­mas, un daño enorme se ha hecho a la Igle­sia y a la per­cep­ción pública del sacer­do­cio y de la vida religiosa.

Os exhorto a exa­mi­nar vues­tra con­cien­cia, a asu­mir la res­pon­sa­bi­li­dad de los peca­dos que habéis come­tido y a expre­sar con humil­dad vues­tro pesar. El arre­pen­ti­miento sin­cero abre la puerta al per­dón de Dios y a la gra­cia de la ver­da­dera enmienda.

Debéis tra­tar de expiar per­so­nal­mente vues­tras accio­nes ofre­ciendo ora­cio­nes y peni­ten­cias por aque­llos que habéis ofen­dido. El sacri­fi­cio reden­tor de Cristo tiene el poder de per­do­nar incluso el más grave de los peca­dos y extraer el bien incluso del más terri­ble de los males. Al mismo tiempo, la jus­ti­cia de Dios nos llama a dar cuenta de nues­tras accio­nes sin ocul­tar nada. Admi­tid abier­ta­mente vues­tra culpa, some­teos a las exi­gen­cias de la jus­ti­cia, pero no deses­pe­réis de la mise­ri­cor­dia de Dios.

8. A los padres

Os habéis sen­tido pro­fun­da­mente indig­na­dos y con­mo­cio­na­dos al cono­cer los hechos terri­bles que suce­dían en lo que debía haber sido el entorno más seguro para todos. En el mundo de hoy no es fácil cons­truir un hogar y edu­car a los hijos. Se mere­cen cre­cer con segu­ri­dad, cariño y amor, con un fuerte sen­tido de su iden­ti­dad y su valor. Tie­nen dere­cho a ser edu­ca­dos en los autén­ti­cos valo­res mora­les enrai­za­dos en la dig­ni­dad de la per­sona humana, a ins­pi­rarse en la ver­dad de nues­tra fe cató­lica y a apren­der los patro­nes de com­por­ta­miento y acción que lle­ven a la sana auto­es­tima y la feli­ci­dad dura­dera. Esta tarea noble pero exi­gente está con­fiada en pri­mer lugar a voso­tros, padres. Os invito a desem­pe­ñar vues­tro papel para garan­ti­zar a los niños los mejo­res cui­da­dos posi­bles, tanto en el hogar como en la socie­dad en gene­ral, mien­tras la Igle­sia, por su parte, sigue apli­cando las medi­das adop­ta­das en los últi­mos años para pro­te­ger a los jóve­nes en los ambien­tes parro­quia­les y esco­la­res. Os ase­guro que estoy cerca de voso­tros y os ofrezco el apoyo de mis ora­cio­nes mien­tras cum­plís vues­tras gran­des responsabilidades

9. A los niños y jóve­nes de Irlanda

Quiero diri­gi­ros una pala­bra espe­cial de aliento. Vues­tra expe­rien­cia de la Igle­sia es muy dife­rente de la de vues­tros padres y abue­los. El mundo ha cam­biado desde que ellos tenían vues­tra edad. Sin embargo, todas las per­so­nas, en cada gene­ra­ción están lla­ma­das a reco­rrer el mismo camino durante la vida, cua­les­quiera que sean las cir­cuns­tan­cias. Todos esta­mos escan­da­li­za­dos por los peca­dos y erro­res de algu­nos miem­bros de la Igle­sia, en par­ti­cu­lar de los que fue­ron ele­gi­dos espe­cial­mente para guiar y ser­vir a los jóve­nes. Pero es en la Igle­sia donde encon­tra­réis a Jesu­cristo que es el mismo ayer, hoy y siem­pre Él os ama y se entregó por voso­tros en la cruz. ¡Bus­cad una rela­ción per­so­nal con Él den­tro de la comu­nión de su Igle­sia, por­que él nunca trai­cio­nará vues­tra con­fianza! Sólo Él puede satis­fa­cer vues­tros anhe­los más pro­fun­dos y dar pleno sen­tido a vues­tras vidas, orien­tán­do­las al ser­vi­cio de los demás. Man­te­ned vues­tra mirada fija en Jesús y su bon­dad y pro­te­ged la llama de la fe en vues­tros cora­zo­nes. Espero en voso­tros para que, junto con vues­tros her­ma­nos cató­li­cos en Irlanda, seáis fie­les dis­cí­pu­los de nues­tro Señor y apor­téis el entu­siasmo y el idea­lismo tan nece­sa­rios para la recons­truc­ción y la reno­va­ción de nues­tra amada Iglesia.

10. A los sacer­do­tes y reli­gio­sos de Irlanda

Todos noso­tros esta­mos sufriendo las con­se­cuen­cias de los peca­dos de nues­tros her­ma­nos que han trai­cio­nado una obli­ga­ción sagrada o no han afron­tado de forma justa y res­pon­sa­ble las denun­cias de abu­sos. A la luz del escán­dalo y la indig­na­ción que estos hechos han cau­sado, no sólo entre los fie­les lai­cos, sino tam­bién entre voso­tros y vues­tras comu­ni­da­des reli­gio­sas, muchos os sen­tís des­ani­ma­dos e incluso aban­do­na­dos. Soy tam­bién cons­ciente de que a los ojos de algu­nos apa­re­céis tacha­dos de cul­pa­bles por aso­cia­ción, y de que os con­si­de­ran como si fue­rais de alguna forma res­pon­sa­ble de los deli­tos de los demás. En este tiempo de sufri­miento, quiero dar acto de vues­tra dedi­ca­ción cómo sacer­do­tes y reli­gio­sos y de vues­tro apos­to­lado, y os invito a reafir­mar vues­tra fe en Cristo, vues­tro amor por su Igle­sia y vues­tra con­fianza en las pro­me­sas evan­gé­li­cas de la reden­ción, el per­dón y la reno­va­ción inte­rior. De esta manera, podréis demos­trar a todos que donde abundó el pecado, sobre­abundó la gra­cia (cf. Rm 5, 20).

Sé que muchos estáis decep­cio­na­dos, des­con­cer­ta­dos y enco­le­ri­za­dos por la manera en que algu­nos de vues­tros supe­rio­res abor­da­ron esas cues­tio­nes. Sin embargo, es esen­cial que coope­réis estre­cha­mente con los que osten­tan la auto­ri­dad y cola­bo­réis en garan­ti­zar que las medi­das adop­ta­das para res­pon­der a la cri­sis sean ver­da­de­ra­mente evan­gé­li­cas, jus­tas y efi­ca­ces. Por encima de todo, os pido que seáis cada vez más cla­ra­mente hom­bres y muje­res de ora­ción, que siguen con valen­tía el camino de la con­ver­sión, la puri­fi­ca­ción y la recon­ci­lia­ción. De esta manera, la Igle­sia en Irlanda cobrará nueva vida y vita­li­dad gra­cias a vues­tro tes­ti­mo­nio del poder reden­tor de Dios que se hace visi­ble en vues­tras vidas.

11. A mis her­ma­nos, los obispos

No se puede negar que algu­nos de voso­tros y de vues­tros pre­de­ce­so­res han fra­ca­sado, a veces lamen­ta­ble­mente, a la hora de apli­car las nor­mas, codi­fi­ca­das desde hace largo tiempo, del dere­cho canó­nico sobre los deli­tos de abu­sos de niños. Se han come­tido gra­ves erro­res en la res­puesta a las acu­sa­cio­nes. Reco­nozco que era muy difí­cil com­pren­der la mag­ni­tud y la com­ple­ji­dad del pro­blema, obte­ner infor­ma­ción fia­ble y tomar deci­sio­nes ade­cua­das en fun­ción de los pare­ce­res con­tra­dic­to­rios de los exper­tos. No obs­tante, hay que reco­no­cer que se come­tie­ron gra­ves erro­res de jui­cio y hubo fallos de direc­ción. Todo esto ha soca­vado gra­ve­mente vues­tra cre­di­bi­li­dad y efi­ca­cia. Apre­cio los esfuer­zos lle­va­dos a cabo para reme­diar los erro­res del pasado y para garan­ti­zar que no vuel­van a ocu­rrir. Ade­más de apli­car ple­na­mente las nor­mas del dere­cho canó­nico con­cer­nien­tes a los casos de abu­sos de niños, seguid coope­rando con las auto­ri­da­des civi­les en el ámbito de su com­pe­ten­cia. Está claro que los supe­rio­res reli­gio­sos deben hacer lo mismo. Tam­bién ellos par­ti­ci­pa­ron en las recien­tes reunio­nes en Roma con el pro­pó­sito de esta­ble­cer un enfo­que claro y cohe­rente de estas cues­tio­nes. Es impe­ra­tivo que las nor­mas de la Igle­sia en Irlanda para la sal­va­guar­dia de los niños sean cons­tan­te­mente revi­sa­das y actua­li­za­das y que se apli­quen plena e impar­cial­mente, en con­for­mi­dad con el dere­cho canó­nico.
Sólo una acción deci­siva lle­vada a cabo con total hones­ti­dad y trans­pa­ren­cia res­ta­ble­cerá el res­peto y el afecto del pue­blo irlan­dés por la Igle­sia a la que hemos con­sa­grado nues­tras vidas. Hay que empe­zar, en pri­mer lugar, por vues­tro exa­men de con­cien­cia per­so­nal, la puri­fi­ca­ción interna y la reno­va­ción espi­ri­tual. El pue­blo de Irlanda, con razón, espera que seáis hom­bres de Dios, que seáis san­tos, que viváis con sen­ci­llez, y bus­quéis día tras día la con­ver­sión per­so­nal. Para ellos, en pala­bras de San Agus­tín, sois un obispo, y sin embargo, con ellos estáis lla­ma­dos a ser un dis­cí­pulo de Cristo. Os exhorto a reno­var vues­tro sen­tido de res­pon­sa­bi­li­dad ante Dios, para cre­cer en soli­da­ri­dad con vues­tro pue­blo y pro­fun­di­zar vues­tra aten­ción pas­to­ral con todos los miem­bros de vues­tro rebaño. En par­ti­cu­lar, preo­cu­paos por la vida espi­ri­tual y moral de cada uno de vues­tros sacer­do­tes. Ser­vid­les de ejem­plo con vues­tra pro­pia vida, estad cerca de ellos, escu­chad sus preo­cu­pa­cio­nes, ofre­ced­les aliento en este momento de difi­cul­tad y ali­men­tad la llama de su amor por Cristo y su com­pro­miso al ser­vi­cio de sus her­ma­nos y hermanas.

Asi­mismo, hay que alen­tar a los lai­cos a que desem­pe­ñen el papel que les corres­ponde en la vida de la Igle­sia. Ase­gu­raos de su for­ma­ción para que pue­dan, arti­cu­lada y con­vin­cen­te­mente, dar razón del Evan­ge­lio en medio de la socie­dad moderna (cf. 1 Pet 3, 15), y coope­ren más ple­na­mente en la vida y misión de la Igle­sia. Esto, a su vez, os ayu­dará a vol­ver a ser guías y tes­ti­gos creí­bles de la ver­dad reden­tora de Cristo.

12. A todos los fie­les de Irlanda

La expe­rien­cia de un joven en la Igle­sia debe­ría siem­pre fruc­ti­fi­car en su encuen­tro per­so­nal y vivi­fi­ca­dor con Jesu­cristo, den­tro de una comu­ni­dad que lo ama y lo sus­tenta. En este entorno, habría que ani­mar a los jóve­nes a alcan­zar su plena esta­tura humana y espi­ri­tual, a aspi­rar a los altos idea­les de san­ti­dad, cari­dad y ver­dad y a ins­pi­rarse en la riqueza de una gran tra­di­ción reli­giosa y cul­tu­ral. En nues­tra socie­dad cada vez más secu­la­ri­zada en la que incluso los cris­tia­nos a menudo encuen­tran difí­cil hablar de la dimen­sión tras­cen­dente de nues­tra exis­ten­cia, tene­mos que encon­trar nue­vas modos para trans­mi­tir a los jóve­nes la belleza y la riqueza de la amis­tad con Jesu­cristo en la comu­nión de su Igle­sia. Para resol­ver la cri­sis actual, las medi­das que con­tra­rres­ten ade­cua­da­mente los deli­tos indi­vi­dua­les son esen­cia­les pero no sufi­cien­tes: hace falta una nueva visión que ins­pire a la gene­ra­ción actual y a las futu­ras gene­ra­cio­nes a ate­so­rar el don de nues­tra fe común. Siguiendo el camino indi­cado por el Evan­ge­lio, obser­vando los man­da­mien­tos y con­for­mando vues­tras vidas cada vez más a la figura de Jesu­cristo, expe­ri­men­ta­réis con segu­ri­dad la reno­va­ción pro­funda que nece­sita con urgen­cia nues­tra época . Invito a todos a per­se­ve­rar en este camino.

13. Que­ri­dos her­ma­nos y her­ma­nas en Cristo, pro­fun­da­mente preo­cu­pado por todos voso­tros en este momento de dolor, en que la fra­gi­li­dad de la con­di­ción humana se revela tan cla­ra­mente, os he que­rido ofre­cer pala­bras de aliento y apoyo. Espero que las acep­téis como un signo de mi cer­ca­nía espi­ri­tual y de mi con­fianza en vues­tra capa­ci­dad para afron­tar los retos del momento actual, recu­rriendo, como fuente de reno­vada ins­pi­ra­ción y for­ta­leza a las nobles tra­di­cio­nes de Irlanda de fide­li­dad al Evan­ge­lio, per­se­ve­ran­cia en la fe y deter­mi­na­ción en la bús­queda de la san­ti­dad. En soli­da­ri­dad con todos voso­tros, ruego con insis­ten­cia para que, con la gra­cia de Dios, las heri­das inflin­gi­das a tan­tas per­so­nas y fami­lias pue­dan curarse y para que la Igle­sia en Irlanda expe­ri­mente una época de rena­ci­miento y reno­va­ción espiritual

14. Qui­siera pro­po­ner, ade­más, algu­nas medi­das con­cre­tas para abor­dar la situa­ción.

Al final de mi reunión con los obis­pos de Irlanda, les pedí que la Cua­resma de este año se con­si­de­rase un tiempo de ora­ción para la efu­sión de la mise­ri­cor­dia de Dios y de los dones de san­ti­dad y for­ta­leza del Espí­ritu Santo sobre la Igle­sia en vues­tro país. Ahora os invito a todos a ofre­cer durante un año, desde ahora hasta la Pas­cua de 2011, la peni­ten­cia de los vier­nes para este fin. Os pido que ofrez­cáis el ayuno, las ora­cio­nes, la lec­tura de la Sagrada Escri­tura y las obras de mise­ri­cor­dia por la gra­cia de la cura­ción y la reno­va­ción de la Igle­sia en Irlanda. Os animo a redes­cu­brir el sacra­mento de la Recon­ci­lia­ción y a uti­li­zar con más fre­cuen­cia el poder trans­for­ma­dor de su gra­cia.
Hay que pres­tar tam­bién espe­cial aten­ción a la ado­ra­ción euca­rís­tica, y en cada dió­ce­sis debe haber igle­sias o capi­llas espe­cí­fi­ca­mente dedi­ca­das a ello. Pido a las parro­quias, semi­na­rios, casas reli­gio­sas y monas­te­rios que orga­ni­cen perío­dos de ado­ra­ción euca­rís­tica, para que todos ten­gan la opor­tu­ni­dad de par­ti­ci­par. Mediante la ora­ción fer­viente ante la pre­sen­cia real del Señor, podéis cum­plir la repa­ra­ción por los peca­dos de abu­sos que han cau­sado tanto daño y al mismo tiempo, implo­rar la gra­cia de una fuerza reno­vada y un sen­tido más pro­fundo de misión por parte de todos los obis­pos, sacer­do­tes, reli­gio­sos y fieles.

Estoy seguro de que este pro­grama con­du­cirá a un rena­ci­miento de la Igle­sia en Irlanda en la ple­ni­tud de la ver­dad de Dios, por­que la ver­dad nos hace libres (cf. Jn 8, 32).

Ade­más, des­pués de haber rezado y con­sul­tado sobre el tema, tengo la inten­ción de con­vo­car una Visita Apos­tó­lica en algu­nas dió­ce­sis de Irlanda, así como en los semi­na­rios y con­gre­ga­cio­nes reli­gio­sas. La visita tiene por objeto ayu­dar a la Igle­sia local en su camino de reno­va­ción y se esta­ble­cerá en coope­ra­ción con las ofi­ci­nas com­pe­ten­tes de la Curia Romana y de la Con­fe­ren­cia Epis­co­pal Irlan­desa. Los deta­lles serán anun­cia­dos en su debido momento.

Tam­bién pro­pongo que se con­vo­que una misión a nivel nacio­nal para todos los obis­pos, sacer­do­tes y reli­gio­sos. Espero que gra­cias a los cono­ci­mien­tos de pre­di­ca­do­res exper­tos y orga­ni­za­do­res de reti­ros en Irlanda, y en otros luga­res , mediante la revi­sión de los docu­men­tos con­ci­lia­res, los ritos litúr­gi­cos de la orde­na­ción y pro­fe­sión, y las recien­tes ense­ñan­zas pon­ti­fi­cias, lle­guéis a una valo­ra­ción más pro­funda de vues­tras voca­cio­nes res­pec­ti­vas, a fin de redes­cu­brir las raí­ces de vues­tra fe en Jesu­cristo y de beber a fondo en las fuen­tes de agua viva que os ofrece a tra­vés de su Iglesia.

En este año dedi­cado a los sacer­do­tes, os pro­pongo de forma espe­cial la figura de San Juan María Vian­ney, que tenía una rica com­pren­sión del mis­te­rio del sacer­do­cio. “El sacer­dote –escri­bió– tiene la llave de los teso­ros de los cie­los: es el que abre la puerta, es el mayor­domo del buen Dios, el admi­nis­tra­dor de sus bie­nes.” El cura de Ars enten­dió per­fec­ta­mente la gran ben­di­ción que supone para una comu­ni­dad un sacer­dote bueno y santo: “Un buen pas­tor, un pas­tor con­forme al cora­zón de Dios es el tesoro más grande que Dios puede dar a una parro­quia y uno de los más pre­cio­sos dones de la mise­ri­cor­dia divina “.Que por la inter­ce­sión de San Juan María Vian­ney se revi­ta­lice el sacer­do­cio en Irlanda y toda la Igle­sia en Irlanda crezca en la estima del gran don del minis­te­rio sacerdotal.

Apro­ve­cho esta opor­tu­ni­dad para dar las gra­cias anti­ci­pa­da­mente a todos aque­llos que ya están dedi­ca­dos a la tarea de orga­ni­zar la Visita Apos­tó­lica y la Misión, así como a los muchos hom­bres y muje­res en toda Irlanda que ya están tra­ba­jando para pro­te­ger a los niños en los ambien­tes ecle­sia­les. Desde el momento en que se comenzó a enten­der ple­na­mente la gra­ve­dad y la mag­ni­tud del pro­blema de los abu­sos sexua­les de niños en ins­ti­tu­cio­nes cató­li­cas, la Igle­sia ha lle­vado a cabo una can­ti­dad inmensa de tra­bajo en muchas par­tes del mundo para hacerle frente y ponerle reme­dio. Si bien no se debe esca­ti­mar nin­gún esfuerzo para mejo­rar y actua­li­zar los pro­ce­di­mien­tos exis­ten­tes, me anima el hecho de que las prác­ti­cas vigen­tes de tutela, adop­ta­das por las igle­sias loca­les, se con­si­de­ran en algu­nas par­tes del mundo, un modelo para otras instituciones.

Quiero con­cluir esta carta con una Ora­ción espe­cial por la Igle­sia en Irlanda, que os dejo con la aten­ción que un padre presta a sus hijos y el afecto de un cris­tiano como voso­tros, escan­da­li­zado y herido por lo que ha ocu­rrido en nues­tra que­rida Igle­sia. Cuando recéis esta ora­ción en vues­tras fami­lias, parro­quias y comu­ni­da­des, la San­tí­sima Vir­gen María os pro­teja y guíe a cada uno de voso­tros a una unión más estre­cha con su Hijo, cru­ci­fi­cado y resu­ci­tado. Con gran afecto y con­fianza inque­bran­ta­ble en las pro­me­sas de Dios, os imparto a todos mi ben­di­ción apos­tó­lica como prenda de for­ta­leza y paz en el Señor.

Desde el Vati­cano, 19 de marzo de 2010, Solem­ni­dad de San José,

BENEDICTUS PP. XVI

ORACIÓN POR LA IGLESIA EN IRLANDA

Dios de nues­tros padres,
renué­va­nos en la fe que es nues­tra vida y sal­va­ción,
en la espe­ranza que pro­mete el per­dón y la reno­va­ción inte­rior,
en la cari­dad que puri­fica y abre nues­tros cora­zo­nes
en tu amor , y a tra­vés de tí en el amor de todos nues­tros her­ma­nos y hermanas.

Señor Jesu­cristo,
Que la Igle­sia en Irlanda renueve su com­pro­miso mile­na­rio
en la for­ma­ción de nues­tros jóve­nes en el camino de la verdad,la bon­dad, la san­ti­dad y el ser­vi­cio gene­roso a la sociedad.

Espí­ritu Santo, con­so­la­dor, defen­sor y guía,
ins­pira una nueva pri­ma­vera de san­ti­dad y entrega apos­tó­lica
para la Igle­sia en Irlanda.

Que nues­tro dolor y nues­tras lágri­mas,
nues­tro sin­cero esfuerzo para ende­re­zar los erro­res del pasado
y nues­tro firme pro­pó­sito de enmienda,
den una cose­cha abun­dante de gra­cia
para la pro­fun­di­za­ción de la fe
en nues­tras fami­lias, parro­quias, escue­las y aso­cia­cio­nes,
para el pro­greso espi­ri­tual de la socie­dad irlan­desa,
y el cre­ci­miento de la cari­dad. la jus­ti­cia, la ale­gría y la paz en toda la fami­lia humana.

A ti, Tri­ni­dad,
con plena con­fianza en la pro­tec­ción de María,
Reina de Irlanda, Madre nues­tra,
y de San Patri­cio, Santa Brí­gida y todos los san­tos,
nos con­fia­mos noso­tros mis­mos, nues­tros hijos,
y con­fia­mos las nece­si­da­des de la Igle­sia en Irlanda.

© Copy­right 2010 — Libre­ria Edi­trice Vaticana


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Posted by on marzo 20, 2010. Filed under Uncategorized. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0. You can leave a response or trackback to this entry

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