Imágenes de Marcel Proust

Por Wal­ter Benjamin (*)

marcel prost1 Imágenes de Marcel Proust


Tra­duc­ción Jesús Agui­rre
I

Los trece volú­me­nes de A la Recher­che du Temps Perdu, de Mar­cel Proust, son el resul­tado de una sín­te­sis incons­trui­ble, en la que la sumer­sión del mís­tico, el arte del pro­sista, el brío del satí­rico, el saber del eru­dito y la timi­dez del monó­mano com­po­nen una obra auto­bio­grá­fica. Se ha dicho, con razón, que todas las gran­des obras de la lite­ra­tura fun­dan un género o lo des­ha­cen, esto es que son casos espe­cia­les. Entre ellos es éste uno de los más inaprehen­si­bles. Comen­zando por la cons­truc­ción, que expone a la vez crea­ción, tra­bajo de memo­rias y comen­ta­rio, hasta la sin­ta­xis de sus fra­ses sin ribe­ras (Nilo del len­guaje que pene­tra, para fruc­ti­fi­car­las, en las anchu­ras de la ver­dad), todo está fuera de las nor­mas. El pri­mer cono­ci­miento, que enri­quece a quien con­si­dera este impor­tante caso de la crea­ción lite­ra­ria, es que repre­senta el logro más grande de los últi­mos dece­nios. Y las con­di­cio­nes que están a su base son insa­nas en grado sumo. Una dolen­cia rara, una riqueza poco común y una pre­dis­po­si­ción anor­mal. No todo es un modelo en esta vida, pero sí que todo es ejem­plar. A la sobre­sa­liente eje­cu­to­ria lite­ra­ria de nues­tros días le señala su lugar en el cora­zón de lo impo­si­ble, en el cen­tro, a la vez que en el punto de equi­li­brio, de todos los peli­gros; carac­te­riza ade­más a esa gran rea­li­za­ción de la “obra de una vida” como última y por mucho tiempo. La ima­gen de Proust es la suprema expre­sión fisiog­nó­mica que ha podido adqui­rir la dis­cre­pan­cia irre­te­ni­ble­mente cre­ciente entre vida y poe­sía. Esta es la moral que jus­ti­fica el intento de con­ju­rar dicha imagen.

Se sabe que Proust no ha des­crito en su obra la vida tal y como ha sido, sino una vida tal y como la recuerda el que la ha vivido. Y, sin embargo, está esto dicho con poca agu­deza, muy, pero que muy bas­ta­mente, Por­que para el autor remi­nis­cente el papel capi­tal no lo desem­peña lo que él haya vivido, sino el tejido de su recuerdo, la labor de Pené­lope reme­mo­rando. ¿0 no debié­ra­mos hablar más bien de una obra de Pené­lope, que es la del olvido? ¿No está más cerca el reme­mo­rar invo­lun­ta­rio, la mémoire invo­lon­taire de Proust, del olvido que de lo que gene­ral­mente se llama recuerdo? ¿Y no es esta obra de reme­mo­ra­ción espon­tá­nea, en la que el recuerdo es el plie­gue y el olvido la urdim­bre, más bien la pieza opuesta a la obra de Pené­lope y no su ima­gen y seme­janza? Por­que aquí es el día el que des­hace lo que obró, la noche. Cada mañana, des­pier­tos, la mayo­ría de las veces débi­les, flo­jos, tene­mos en las manos no más que un par de fran­jas del tapiz de la exis­ten­cia vivida, tal y como en noso­tros las ha tejido el olvido. Pero cada día, con labor ligada a su fina­li­dad, más aún con un recuerdo pri­sio­nero de esa fina­li­dad, des­hace el tra­maje, los orna­men­tos del olvido. Por eso Proust ter­minó por hacer de sus días noche, para dedi­car sin estor­bos, en el apo­sento oscu­re­cido, con luz arti­fi­cial, todas sus horas a la obra de no dejar que se le esca­pase ni uno solo de los ara­bes­cos entrelazados.

Los roma­nos lla­man a un texto tejido; ape­nas hay otro más tupido que el de Mar­cel Proust. Nada le pare­cía lo bas­tante tupido y dura­dero. Su edi­tor Galli­mard ha con­tado cómo las cos­tum­bres de Proust al leer prue­bas de imprenta deses­pe­ra­ban a los lino­ti­pis­tas. Las gale­ra­das les eran siem­pre devuel­tas con los már­ge­nes com­ple­ta­mente escri­tos. Pero no sub­sa­naba ni una errata; todo el espa­cio dis­po­ni­ble lo relle­naba con texto nuevo. La lega­li­dad del recuerdo reper­cu­tía así en la dimen­sión de la obra. Puesto que un acon­te­ci­miento vivido es finito, al menos está incluido en la esfera de la viven­cia, y el acon­te­ci­miento recor­dado carece de barre­ras, ya que es sólo clave para todo lo que vino antes que él y tras él. Y toda­vía es en otro sen­tido el recuerdo el que pres­cribe estric­ta­mente cómo ha de tejerse. A saber, la uni­dad del texto la cons­ti­tuye única­mente el actus purus del recor­dar. No la per­sona del autor, y mucho menos la acción. Dire­mos incluso que sus inter­mi­ten­cias no son más que el reverso del con­ti­nuum del recuerdo, el dibujo retro­ac­tivo del tapiz. Así lo quiso Proust y así hay que enten­derlo, cuando él mismo dice que como más le gus­ta­ría ver su obra es impresa a dos colum­nas en un solo volu­men y sin nin­gún punto y aparte.

¿Qué es lo que bus­caba tan fre­né­ti­ca­mente? ¿Qué había a la base de este empeño infi­nito? ¿Se nos per­mi­ti­ría decir que toda vida, obra, acto, que cuen­tan, nunca fue­ron otra cosa que el des­plie­gue sin yerro de las horas más tri­via­les, fuga­ces, sen­ti­men­ta­les y débi­les en la exis­ten­cia de aquél al que per­te­ne­cen? Y cuando Proust, en un pasaje céle­bre, ha des­crito esa hora que es la más suya, lo ha hecho de tal modo que cada uno vuelve a encon­trarla en su pro­pia exis­ten­cia. Muy poco falta para que poda­mos lla­marla coti­diana. Viene con la noche, con un gor­jeo per­dido o con un sus­piro en el ante­pe­cho de una ven­tana abierta. Y no pres­cin­da­mos de los encuen­tros que nos esta­rían deter­mi­na­dos, si fué­ra­mos menos pro­cli­ves al sueño. Proust no está dis­puesto a dor­mir. Y sin embargo, o más bien por eso mismo, ha podido Jean Coc­teau decir, en un bello ensayo, res­pecto de su tono de voz, que obe­de­cía a las leyes de la noche y de la miel. En cuanto entraba bajo su domi­nio ven­cía en su inte­rior el duelo sin espe­ranza (lo que llamó una vez “l’imperfection incu­ra­ble dans l’essence même du pré­sent”) y cons­truía del panal del recuerdo una man­sión para el enjam­bre de los pen­sa­mien­tos. Coc­teau se ha dado cuenta de lo que de dere­cho hubiese tenido que ocu­par en grado sumo a todos los lec­to­res de este crea­dor y de lo cual, sin embargo, nin­guno ha hecho eje de su cavi­la­ción o de su amor. En Proust vio el deseo ciego, absurdo, poseso, de la dicha. Bri­llaba en sus mira­das, que no eran dicho­sas. Aun­que en ellas se asen­taba la dicha como en el juego o como en el amor. Tam­poco es muy difí­cil decir por qué esa volun­tad de dicha, que para­liza, que hace esta­llar el cora­zón y que atra­viesa las crea­cio­nes de Proust, se les mete den­tro tan raras veces a sus lec­to­res. El mismo Proust les ha faci­li­tado en muchos pasa­jes con­si­de­rar su “oeu­vre” bajo la cómoda pers­pec­tiva, pro­bada desde anti­guo, de la renun­cia, del heroísmo, de la asce­sis. Nada les ilus­tra tanto a los dis­cí­pu­los ejem­pla­res de la vida como que logro tan grande no sea sino fruto del esfuerzo, de la aflic­ción, del desen­gaño. Que en lo bello pudiese tam­bién la dicha tener su parte, sería dema­siado bueno. Su resen­ti­miento jamás lle­ga­ría a consolarse.

Pero hay una doble volun­tad de dicha, una dia­léc­tica de la dicha. Una figura hím­nica de la dicha y otra ele­gíaca. Una: lo inau­dito, lo que jamás ha estado ahí, la cús­pide de la feli­ci­dad. La otra: el eterno una vez más, la eterna res­tau­ra­ción de la dicha pri­mera, ori­gi­nal. Esta idea ele­gíaca de la dicha, que tam­bién podría­mos lla­mar eleá­tica, es la que trans­forma para Proust la exis­ten­cia en un bos­que encan­tado del recuerdo. No sólo le ha sacri­fi­cado ami­gos y com­pa­ñía en la vida, sino acción en su obra, uni­dad de la per­sona, fluen­cia narra­tiva, juego de la fan­ta­sía. No ha sido el peor de sus lec­to­res —Max Unhold— el que, apo­yán­dose en el “abu­rri­miento” así con­di­cio­nado de sus escri­tos, los ha com­pa­rado con “his­to­rias cua­les­quiera” y ha encon­trado la siguiente for­mu­la­ción: “Proust ha con­se­guido hacer intere­sante una his­to­ria cual­quiera. Dice: ima­gí­nese usted, señor lec­tor, que ayer mojé una mag­da­lena en mi té y me acordé de repente de que siendo niño estuve en el campo. Y así uti­liza ochenta pági­nas, que resul­tan tan irre­sis­ti­bles, que cree­mos ser no ya quie­nes escu­chan, sino los que sue­ñan des­pier­tos.” En estas his­to­rias cua­les­quiera —“todos los sue­ños habi­tua­les se con­vier­ten, no más con­tar­los, en his­to­rias cua­les­quiera”— ha encon­trado Unhold el puente hacia el sueño. En él debe apo­yarse toda inter­pre­ta­ción sin­té­tica de Proust. Hay sufi­cien­tes puer­tas dis­cre­tas que con­du­cen a él. Por ejem­plo, el stu­dium fre­né­tico de Proust, su culto apa­sio­nado por la seme­janza. La cual no deja que se conoz­can los ver­da­de­ros sig­nos de su domi­nio pre­ci­sa­mente cuando el crea­dor la des­tapa por sor­presa, ines­pe­ra­da­mente, en las obras, en las fisio­no­mías o en las mane­ras de hablar. La seme­janza de lo uno con lo otro, con la que con­ta­mos y que nos ocupa des­pier­tos, juega alre­de­dor de otra más pro­funda, la del mundo de los sue­ños, en el cual lo que ocu­rre nunca es idén­tico, sino seme­jante: emerge impe­ne­tra­ble­mente seme­jante a sí mismo. Los niños cono­cen una señal dis­tin­tiva de ese mundo, la media, que tiene la estruc­tura del mundo de los sue­ños, cuando enro­llada en el cajón de la ropa puede serlo todo a la vez. E igual que ellos no pue­den saciarse y con un toque todo lo trans­for­man en otra cosa, así Proust tam­poco se sacia de vaciar el cajón de los secre­tos, el yo, poniendo den­tro con un toque su otra cosa, la ima­gen que aplaca su curio­si­dad, no, su nos­tal­gia. Devo­rado por la nos­tal­gia se ten­día en la cama, por una año­ranza por el mundo ter­gi­ver­sado en el estado de la seme­janza y en el cual irrumpe el ver­da­dero ros­tro surrea­lista de la exis­ten­cia. A ese mundo per­te­nece lo que sucede en Proust y el modo cui­da­doso y dis­tin­guido en que todo emerge. A saber, nunca ais­la­da­mente, paté­ti­ca­mente, visio­na­ria­mente, sino anun­cián­dose, apo­yán­dose mucho, sus­ten­tando una reali­dad pre­ciosa y frá­gil: la ima­gen. Se des­prende ésta de la ensam­bla­dura de las fra­ses de Proust (igual que el día de verano en Bal­bec entre las manos de Fra­nçoise), anti­gua, inme­mo­rial, como una momia entre los visi­llos de tul.

II
Lo más impor­tante que uno tiene que decir no siem­pre lo pro­clama en alto. Y tam­poco, que­da­mente, lo con­fía siem­pre al de mayor con­fianza, al más pró­ximo, no siem­pre al que más devo­ta­mente está dis­puesto a reci­bir su con­fe­sión. Y no sólo per­so­nas, sino que tam­bién épocas tie­nen esa casta, redo­mada y frí­vola manera de comu­ni­car a quien­quiera que sea su inti­mi­dad; no pre­ci­sa­mente son Zola o Anatole France en el siglo die­ci­nueve los que lo hacen, sino que es el joven Proust, snob sin impor­tan­cia, jugue­tón en los salo­nes, quien caza al vuelo las con­fi­den­cias más sor­pren­den­tes sobre el tiempo enve­je­cido (como de otro Swann mor­tal­mente lán­guido). Proust es el pri­mero que ha hecho al siglo die­ci­nueve capaz de memo­rias. Lo que antes de él era un espa­cio de tiempo sin ten­sio­nes, se con­vierte en un campo de fuer­zas en el que des­per­ta­ron las corrien­tes múl­ti­ples de auto­res pos­te­rio­res. Tam­poco es una casua­li­dad que las dos obras más impor­tan­tes de este tipo pro­ce­dan de auto­res cer­ca­nos a Proust como admi­ra­do­res y ami­gos. Se trata de las memo­rias de la prin­cesa Clermont-Tonnerre y de la obra auto­bio­grá­fica de León Dau­det. Una ins­pi­ra­ción emi­nen­te­mente prous­tiana ha lle­vado a León Dau­det, cuya extra­va­gan­cia polí­tica es dema­siado tosca y estre­cha para que pueda des­gas­tar su admi­ra­ble talento, a hacer de su vida una ciu­dad. A Paris vécu —la pro­yec­ción de una bio­gra­fía sobre el plan Taride— le rozan en más de un pasaje som­bras de figu­ras prous­tia­nas. Y en lo que con­cierne a la prin­cesa Clermont-Tonnerre, ya el título de su libro, Au Temps des Equi­pa­ges, es antes de Proust ape­nas con­ce­bi­ble. Por lo demás es el eco que vuelve sua­ve­mente a la lla­mada plu­ral, amo­rosa y exi­gente del crea­dor del Fau­bourg Saint-Germain. Ade­más esta expo­si­ción meló­dica está llena de rela­cio­nes direc­tas o indi­rec­tas a Proust tanto en su acti­tud como en sus figu­ras, entre las cua­les él mismo y no pocos de sus obje­tos de estu­dio pre­fe­ri­dos pro­vie­nen del Ritz. Con lo cual esta­mos desde luego, no es cosa de negarlo, en un medio muy feu­dal y con apa­ri­cio­nes como la de Robert de Mon­tes­quiou, al que la prin­cesa Clermont-Tonnerre repre­senta con maes­tría y de manera ade­más muy espe­cial. Es decir, que esta­mos en Proust, en el que tam­poco falta, como sabe­mos, la con­tra­po­si­ción a Montesquiou.

Pero esto no mere­ce­ría ser dis­cu­tido, toda vez que la cues­tión de los mode­los es de segundo rango, si la crí­tica no gus­tase faci­li­tar las cosas. Sobre todo: no podía dejar pasar la oca­sión de enca­na­llarse con la chusma de las libre­rías de com­pra y venta. A los habi­tua­les nada les resul­taba más fácil que del ambiente snob de la obra con­cluir sobre su autor, carac­te­ri­zando la obra de Proust como asunto fran­cés interno, como un apén­dice coti­lla al Gotha. Está a la mano: los pro­ble­mas de los per­so­na­jes prous­tia­nos pro­ce­den de una socie­dad satu­rada. Pero ni siquiera hay uno que se arrope con los del autor. Estos son sub­ver­si­vos. Si tuvié­se­mos que redu­cir­los a una fór­mula, su deseo sería cons­truir toda la edi­fi­ca­ción interna de la socie­dad como una fisio­lo­gía del chisme. En el tesoro de los pre­jui­cios y máxi­mas de ésta no hay nada que no ani­quile su peli­grosa comi­ci­dad. Pierre-Quint es el pri­mero que ha diri­gido su mirada sobre ella. “Cuando se habla de obras de humor, por lo común se piensa en libros bre­ves, diver­ti­dos, con por­ta­das ilus­tra­das. Se olvida a Don Qui­jote, a Pan­ta­gruel y a Gil Blas, mamo­tre­tos infor­mes de impre­sión apre­tada.” Claro que no se acierta la fuerza explo­siva de la crí­tica social prous­tiana con estas com­pa­ra­cio­nes. Su sus­tan­cia no es el humor, sino la comi­ci­dad. No alza al mundo en risas, sino que lo arruina en risas. Corriendo el peli­gro de que se haga peda­zos, ante los cua­les él mismo rompa a llo­rar. Y se hace peda­zos: la uni­dad de la fami­lia y de la per­so­na­li­dad, de la moral sexual y del matri­mo­nio por con­ve­nien­cia. Las pre­ten­sio­nes de la bur­gue­sía tin­ti­nean en risas. El tema socio­ló­gico de la obra es su con­tra­ma­rea, su reasi­mi­la­ción por parte de la nobleza.

Proust no se cansó nunca del entre­na­miento que exi­gía el trato en los círcu­los feu­da­les. Per­se­ve­ran­te­mente, y sin tener que hacerse dema­siada fuerza, maleaba su natu­ra­leza para hacerla tan impe­ne­tra­ble y dies­tra, tan devota y difí­cil como debía ser por su tarea. Más tarde la mix­ti­fi­ca­ción, el for­ma­lismo son en él en tal medida natu­ra­les, que a veces sus car­tas son sis­te­mas ente­ros de parén­te­sis —y no sólo gra­ma­ti­ca­les, car­tas cuya redac­ción infi­ni­ta­mente inge­niosa y ágil, por momen­tos recuer­dan aquel esquema legen­da­rio: “Dis­tin­guida, res­pe­tada señora, advierto ahora que olvidé ayer en su casa mi bas­tón, y le ruego que se lo entre­gue al por­ta­dor de esta carta. P. S. Dis­culpe Ud., por favor, la moles­tia; acabo de encon­trarlo.” ¡Qué inge­nioso era en las difi­cul­ta­des! Muy entrada ya la noche se pre­senta en casa de la prin­cesa Clermont-Tonnerre y con­di­ciona que­darse a que le trai­gan de su casa un medi­ca­mento. Y envía al ayuda de cámara, dán­dole una larga des­crip­ción de los alre­de­do­res y de la casa. Por último: “No podrá Ud. equi­vo­carse. Es la única ven­tana en el bou­le­vard Hauss­mann en la que toda­vía hay luz encen­dida.” Pero lo único que no le dice es el número. Si inten­ta­mos ave­ri­guar en una ciu­dad extraña la direc­ción de un bor­del y reci­bi­mos una infor­ma­ción por demás pro­lija, todo menos la calle y el número de la casa, enten­de­re­mos el amor de Proust por el cere­mo­nial, su vene­ra­ción por Saint-Simon, y (no pre­ci­sa­mente en último tér­mino) su fran­ce­sismo intran­si­gente. ¿No es la quin­tae­sen­cia de la expe­rien­cia: expe­ri­men­tar lo suma­mente difí­cil que resulta expe­ri­men­tar mucho de lo que en apa­rien­cia podría decirse en pocas pala­bras? Sólo que esas pala­bras per­te­ne­cen a una jerga fija según una casta y una clase y los que están fuera de éstas no pue­den enten­der­las. No es extraño que a Proust le apa­sio­nase el len­guaje secreto de los salo­nes. Cuando más tarde dis­pone la impla­ca­ble des­crip­ción del “petit clan”, de los Cour­voi­sier, del “esprit d’Oriane”, había ya apren­dido en su trato con los Bibesco un len­guaje en clave al que tam­bién noso­tros hemos sido intro­du­ci­dos recientemente.

En los años de su vida de salón, Proust no sólo ha adqui­rido en grado emi­nente, casi diría­mos que teo­ló­gico, el vicio de la adu­la­ción, sino que tam­bién ha desa­rro­llado el de la curio­si­dad. En sus labios había un des­te­llo de aque­lla son­risa que, en las bóve­das de muchas de las cate­dra­les, que él amaba tanto, se des­li­zaba como un reguero de pól­vora sobre los labios de las vír­ge­nes necias. Es la son­risa de la curio­si­dad. ¿Es la curio­si­dad la que en el fondo le ha hecho un paro­dista tan grande? Sabría­mos enton­ces a qué ate­ner­nos res­pecto a este tér­mino de “paro­dista”. No mucho. Puesto que aun haciendo jus­ti­cia a su mali­cia sin fondo, reco­noz­ca­mos que pasa de largo por lo amargo, esca­broso, sañudo de los gran­des repor­ta­jes, que redacta al estilo de Bal­zac, de Flau­bert, de Sainte-Beuve, de Henri de Rég­nier, de los Gon­court, de Miche­let, de Renan y final­mente de su pre­fe­rido, Saint-Simon, y que luego recoge en el volu­men Pas­ti­ches et Mélan­ges. Es la mimé­tica del curioso, mar­tin­gala genial de esta serie, pero que a la vez ha sido un momento de toda su crea­ción, en la que nunca toma­re­mos lo bas­tante en serio su pasión por lo vege­tal. Es Ortega y Gas­set el pri­mero que ha pres­tado aten­ción a la exis­ten­cia vege­ta­tiva de las figu­ras prous­tia­nas que de manera tan per­sis­tente están liga­das a su yaci­miento social, deter­mi­na­das por un esta­mento feu­dal, movi­das por el viento que sopla de Guer­man­tes o de Mésé­glise, impe­ne­tra­ble­mente enma­ra­ña­das unas con otras en la jun­gla de su des­tino. La mimé­tica, como com­por­ta­miento del crea­dor, pro­cede de este círculo. Sus cono­ci­mien­tos más exac­tos, más evi­den­tes, se posan sobre sus obje­tos como insec­tos sobre sus hojas, flo­res y ramas, insec­tos que nada dela­tan de su exis­ten­cia hasta que un salto, un golpe de alas, una pirueta, mues­tran al espec­ta­dor asus­tado que una vida incal­cu­la­ble­mente pro­pia se ha entro­me­tido, inad­ver­tida, en un mundo extraño. Al ver­da­dero lec­tor de Proust le sacu­den cons­tan­te­mente peque­ños sus­tos. En las paro­dias como juego con “esti­los” encuen­tra lo que muy de otra manera le ha con­cer­nido en cuanto lucha por la exis­ten­cia de ese espí­ritu en el enra­maje de la socie­dad. Es éste el lugar para decir algo sobre lo íntima y fruc­tí­fe­ra­mente que ambos vicios, la curio­si­dad y la adu­la­ción, se han inter­pe­ne­trado. Un pasaje de la prin­cesa Clermont-Tonnerre nos parece rico en ense­ñan­zas: “Y para aca­bar, no pode­mos callar­nos: a Proust le arre­ba­taba el estu­dio del per­so­nal de ser­vi­cio. ¿Era por­que se tra­taba de un ele­mento que nunca encon­traba en otra parte, esti­mu­lante de su saga­ci­dad, o les envi­diaba que pudie­sen obser­var mejor los deta­lles ínti­mos de las cosas que a él le intere­sa­ban? Sea como sea, el per­so­nal de ser­vi­cio, en sus figu­ras y tipos diver­sos, era su pasión.” En los som­brea­dos extra­ños de un Jupien, de un mon­sieur Aimé, de una Céleste Alba­ret, pro­si­gue la línea de la figura de Fra­nçoise, que parece sur­gir en per­sona de un libro de ora­cio­nes con los ras­gos áspe­ros y cor­tan­tes de una Santa Marta, y de esos grooms y chas­seurs a quie­nes no se paga tra­bajo, sino ocio. Y quizá nunca como en estos gra­dos ínfi­mos capte la repre­sen­ta­ción el inte­rés tenso de este cono­ce­dor de las cere­mo­nias. ¿Quién medirá cuánta curio­si­dad de quien está ser­vido entra en la adu­la­ción de Proust, cuánta adu­la­ción de quien está ser­vido entra en su curio­si­dad? ¿Dónde tenía sus lími­tes en las altu­ras de la vida social esta copia tai­mada del papel de quien está ser­vido? La dio, ya que no podía hacer otra cosa. Por­que como él mismo delató una vez: “Voir et dési­rer imi­ter” eran para él lo mismo. Esta es la acti­tud que, sobe­rana y subal­terna como era, fijó Mau­rice Barrès en las pala­bras más per­fi­la­das que jamás se han acu­ñado sobre Proust: “Un Poéte per­san dans une loge de concierge.”

En la curio­si­dad de Proust había un soplo detec­ti­vesco. La crema de la socie­dad era para él un clan de cri­mi­na­les, una banda de cons­pi­ra­do­res con la que nin­guna otra puede com­pa­rarse: la car­no­rra de los con­su­mi­do­res. Excluye de su mundo todo lo que par­ti­cipe en la pro­duc­ción, y por lo menos exige que esa par­ti­ci­pa­ción se esconda, gra­ciosa y púdi­ca­mente, tras un gesto, igual que la exhi­ben los pro­fe­sio­na­les con­su­ma­dos de la con­su­mi­ción. El aná­li­sis de Proust del sno­bismo, que es mucho más impor­tante que su apo­teo­sis del arte, repre­senta en su crí­tica a la socie­dad el punto cul­mi­nante. Por­que no otra cosa es la acti­tud del snob que la con­si­de­ra­ción con­se­cuente, orga­ni­zada, ace­rada de la exis­ten­cia desde el punto de vista quí­mi­ca­mente puro del con­su­mi­dor. Y puesto que en esa come­dia satá­nica había que exi­lar el recuerdo más lejano, tanto como el más pri­mi­tivo, de las fuer­zas pro­duc­ti­vas de la Natu­ra­leza, la liai­son per­ver­tida le resul­taba en el amor más uti­li­za­ble que la nor­mal. El con­su­mi­dor puro es el explo­ta­dor puro. Lógica, teó­ri­ca­mente, está en Proust en la com­pleta actua­li­dad con­creta de su exis­ten­cia his­tó­rica. Con­cre­ta­mente, por­que es impe­ne­tra­ble y no se deja expo­ner. Proust des­cribe una clase obli­gada a camu­flar su base mate­rial y que por eso se ima­gina un feu­da­lismo que, sin tener de suyo una impor­tan­cia eco­nó­mica, es tanto más uti­li­za­ble como más­cara de la alta bur­gue­sía. El desen­can­ta­dor impla­ca­ble, sin ilu­sio­nes, del yo, del amor, de la moral, que así es como Proust gus­taba verse a sí mismo, hace de su arte ili­mi­tado un velo para ese mis­te­rio, el más impor­tante para la vida de su clase: el eco­nó­mico. No como si por ello estu­viese a su ser­vi­cio. No es en este punto Mar­cel Proust quien habla, sino que habla la dureza de la obra, habla la intran­si­gen­cia del hom­bre que va por delante de su clase. Lo que lleva a cabo, lo lleva a cabo como su maes­tro. Y mucho de la gran­deza de esta obra seguirá siendo inex­plo­rado, que­dará sin des­cu­brir, hasta que en la lucha final esa clase haya dado a cono­cer sus ras­gos más pronunciados.

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III
En el siglo pasado había en Gre­no­ble —no sé si existe toda­vía— un local lla­mado “Au temps perdu”. Tam­bién en Proust somos hués­pe­des, que atra­ve­sa­mos, bajo un letrero osci­lante, un umbral tras el cual nos espe­ran la eter­ni­dad y la ebrie­dad. Con razón ha dis­tin­guido Fer­nan­dez en Proust un tema de la eter­ni­dad de un tema del tiempo. Desde luego que esa eter­ni­dad no es nada pla­tó­nica, nada utó­pica: es embria­ga­dora. Por tanto, si “el tiempo le des­cu­bre, a cada uno que ahonda en su decurso, una índole nueva, des­co­no­cida hasta enton­ces, de eter­ni­dad”, no es que cada uno se acer­que por eso a “los nobles pai­sa­jes, que un Pla­tón o un Spi­noza alcan­za­ran con un golpe de alas”. No; por­que en Proust hay rudi­men­tos de un idea­lismo perenne. Pero hacer de ellos base de una inter­pre­ta­ción —y el que más gro­se­ra­mente lo ha hecho es Benoist-Méchin— es un desa­cierto. La eter­ni­dad de la que Proust abre aspec­tos no es el tiempo ili­mi­tado, sino el tiempo entre­cru­zado. Su ver­da­dera par­ti­ci­pa­ción lo es res­pecto de un decurso tem­po­ral en su figura más real, que está entre­cru­zada en el espa­cio, y que no tiene mejor sitio que den­tro, en el recuerdo, y afuera, en la edad. Seguir el con­tra­punto de edad y recuerdo sig­ni­fica pene­trar en el cora­zón del mundo prous­tiano, en el uni­verso de lo entre­cru­zado. Es el mundo en estado de seme­janza y en él domi­nan las “corres­pon­den­cias”, que en pri­mer lugar captó el roman­ti­cismo y más ínti­ma­mente Bau­de­laire, aun­que ha sido Proust el único capaz de poner­las de mani­fiesto en nues­tra vida vivida. Esta es la obra de la mémoire invo­lon­taire, de la fuerza reju­ve­ne­ce­dora a la altura de la edad impla­ca­ble. Donde lo que ha sido se refleja en el “ins­tante” fresco como el rocío, se acu­mula tam­bién, irre­te­ni­ble­mente, un dolo­roso cho­que de reju­ve­ne­ci­miento. Así, la direc­ción de los Guer­man­tes se entre­cruza para Proust con la direc­ción de Swann, ya que (en el volu­men deci­mo­ter­cero) ronda una última vez los para­jes de Com­bray y des­cu­bre que los cami­nos se entre­cru­zan. Al ins­tante como con el viento cam­bia el pai­saje. “Ah que le monde est grand à la clarté des lam­pes, aux yeux du sou­ve­nir que le monde est petit.” Proust ha con­se­guido algo enorme: dejar que en un ins­tante enve­jezca el mundo entero la edad de la vida de un hom­bre. Pero pre­ci­sa­mente esa con­cen­tra­ción, en la cual se con­sume como en un relám­pago lo que de otro modo sólo se mus­tia­ría y ale­tar­ga­ría, es lo que lla­ma­mos reju­ve­ne­ci­miento. A la Recher­che du Temps Perdu es un intento inin­te­rrum­pido de dar a toda una vida el peso de la suma pre­sen­cia de espí­ritu. El pro­ce­di­miento de Proust no es la refle­xión, sino la pre­sen­ti­za­ción. Está pene­trado por la ver­dad de que nin­guno de noso­tros tiene tiempo para vivir los dra­mas de la exis­ten­cia que le están deter­mi­na­dos. Y eso es lo que nos hace enve­je­cer. No otra cosa. Las arru­gas y bol­sas en el ros­tro son gran­des pasio­nes que se regis­tran en él, vicios, cono­ci­mien­tos que nos visi­ta­ron, cuando noso­tros, los seño­res, no está­ba­mos en casa.

Difí­cil­mente ha habido en la lite­ra­tura occi­den­tal, desde los Ejer­ci­cios Espi­ri­tua­les de Loyola, un intento más radi­cal de auto­in­mer­sión. Esta tiene en su cen­tro una sole­dad que arras­tra al mundo en sus tor­be­lli­nos con la fuerza del Maels­tröm. Y el par­lo­teo más que rui­doso, huero de todo con­cepto, que brama hacia noso­tros desde las nove­las de Proust, no es más que el ruido con el que la socie­dad se hunde en el abismo de esa sole­dad. Este es el lugar de las invec­ti­vas de Proust con­tra la amis­tad. La calma en el fondo de este vór­tice —sus ojos son los más quie­tos y absor­ben­tes— debe ser pre­ser­vada. Lo que en tan­tas anéc­do­tas se mani­fiesta irri­tante y capri­cho­sa­mente es que la inten­si­dad sin ejem­plo de la con­ver­sa­ción va unida a una insu­pe­ra­ble leja­nía de aquel con quien se habla. Jamás ha habido alguien que pudiera mos­trar­nos las cosas como él. El dedo con el que señala no tiene igual. Pero en la com­pa­ñía amis­tosa, en la con­ver­sa­ción se da otro gesto: el con­tacto. Dicho gesto a nadie le es más ajeno que a Proust. No es capaz de tocar a su lec­tor y no lo es por nada del mundo. Si se qui­siera orde­nar la crea­ción lite­ra­ria según esos dos polos, el que señala y el que toca, el cen­tro del pri­mero sería la obra de Proust y el del segundo la de Péguy. En el fondo se trata de lo que Fer­nán­dez ha cap­tado de manera exce­lente: “La hon­dura o, mejor, la pene­tra­ción está siem­pre de su lado, no del lado de aquel con quien habla.” En su crí­tica lite­ra­ria apa­rece esto con vir­tuo­sismo y con un rama­lazo de cinismo. Su docu­mento más impor­tante es un ensayo que sur­gió a la gran altura de su fama y en la mise­ria del lecho de muerte: A pro­pos de Bau­de­laire. En acuerdo jesuí­tico con su pro­pio pade­ci­miento, sin medida en la coto­rre­ría del que reposa, ate­rra­dor en la indi­fe­ren­cia de quien está con­sa­grado a la muerte y quiere hablar de lo que sea. Lo que le ins­piró frente a la muerte, le deter­mina en el trato con sus con­tem­po­rá­neos: una alter­nan­cia dura, a modo de golpe entre el sar­casmo y la ter­nura, la ter­nura y el sar­casmo. Bajo ella ame­naza su objeto que­brarse por agotamiento.

Lo per­tur­ba­dor, lo ver­sá­til del hom­bre, con­cierne tam­bién al lec­tor de las obras. Ya es bas­tante pen­sar en la cadena impre­vi­si­ble de los “soit que”, los que mues­tran una acción de manera exhaus­tiva, depri­mente, a la luz los innu­me­ra­bles moti­vos que hubie­sen podido ser­vir­les de base. Y, desde luego, es en esta fuga para­tác­tica donde apa­rece lo que en Proust es a una genio y debi­li­dad: la renun­cia inte­lec­tual, el escep­ti­cismo bien pro­bado que opo­nía a las cosas. Llegó des­pués de las sufi­cien­tes inte­rio­ri­da­des román­ti­cas y, como dice Jac­ques Rivière, estaba resuelto a no otor­gar la fe más mínima a las “sirè­nes inté­rieu­res”. “Proust se acerca a la viven­cia sin el más leve inte­rés meta­fí­sico, sin la más leve pro­cli­vi­dad cons­truc­ti­vista, sin la más leve incli­na­ción al con­suelo.” Nada es más ver­dad. Y así es tam­bién la figura fun­da­men­tal de esta obra, de la cual Proust no se cansó nunca de afir­mar nada menos que la cons­truc­ción de un plan com­pleto. Pero la ple­ni­tud de un plan es como el curso de las líneas de nues­tras manos o como la dis­po­si­ción de los estam­bres en el cáliz. Proust, niño viejo, se recuesta, pro­fun­da­mente can­sado, en los senos de la Natu­ra­leza no para mamar de ella, sino para soñar junto a los lati­dos de su cora­zón. Así de débil hay que verle. Jac­ques Rivière ha acer­tado al enten­derle por su debi­li­dad, cuando dice: “Mar­cel Proust ha muerto de la misma inex­pe­rien­cia que le ha per­mi­tido escri­bir su obra. Ha muerto por ser extraño al mundo y por­que no supo modi­fi­car las con­di­cio­nes de su vida que ter­mi­na­ron por des­truirle. Ha muerto por no saber cómo se enciende el fuego, cómo se abre una ven­tana.” Y desde luego a causa de su asma nerviosa.

Frente a esta dolen­cia los médi­cos son impo­ten­tes. No así el crea­dor lite­ra­rio que la ha puesto pla­ni­fi­ca­do­ra­mente a su ser­vi­cio. Proust era, para comen­zar por lo más externo, un con­su­mado direc­tor de escena de su enfer­me­dad. A lo largo de meses une con iro­nía des­truc­tora la ima­gen de un admi­ra­dor, que le había enviado flo­res, con el inso­por­ta­ble per­fume de éstas. Con los tempi de flujo y reflujo de su dolen­cia alarma a sus ami­gos, que temen y desean el ins­tante en que el nove­lista apa­rece de pronto, muy entrada la media­no­che, en el salón, roto de fatiga y anun­ciando que es sólo por unos minu­tos, aun­que luego se quede hasta el albor de la mañana, dema­siado can­sado para levan­tarse, dema­siado can­sado para inte­rrum­pir su charla. Incluso escri­biendo car­tas no pone fin a ganarle a su mal los efec­tos más remo­tos. “E1 ruido de mi res­pi­ra­ción se oye por encima del de mi pluma y del de una bañera que han dejado correr en el piso de abajo.” Pero no es sola­mente esto. Tam­poco es que la enfer­me­dad le arran­case a la exis­ten­cia mun­dana. Ese asma ha pene­trado en su arte, si no es su arte quien lo ha creado. Su sin­ta­xis imita rít­mi­ca­mente, paso a paso, su miedo a la asfi­xia. Y su refle­xión iró­nica, filo­só­fica, didác­tica, es todas las veces una res­pi­ra­ción con la que su cora­zón se des­carga de la pesa­di­lla del recuerdo. Pero en mayor medida la muerte, que tiene incan­sa­ble­mente pre­sente, sobre todo cuando escribe, es la cri­sis que ame­naza, que ahoga, Mucho antes de que su pade­ci­miento adop­tase for­mas crí­ti­cas, estaba ya frente a Proust. No desde luego como extra­va­gan­cia hipo­con­dríaca, sino en cuanto “realité nou­ve­lle”, en cuanto esa reali­dad nueva, desde la cual la refle­xión sobre hom­bres y cosas es rasgo de enve­je­ci­miento. Un cono­ci­miento fisio­ló­gico del estilo con­du­ci­ría a lo más íntimo de esta crea­ción. Nadie que conozca la tena­ci­dad espe­cial con la que se guar­dan recuer­dos en el olfato (de nin­gún modo olo­res en los recuer­dos) decla­rará que la sen­si­bi­li­dad de Proust para los olo­res es una casua­li­dad. Cierto que la mayo­ría de los recuer­dos que bus­ca­mos se nos apa­re­cen como imá­ge­nes de ros­tros. Y en buena parte las figu­ras que ascien­den libre­mente de la mémoire invo­lon­taire son imá­ge­nes de ros­tros ais­la­das, pre­sen­tes sólo enig­má­ti­ca­mente. Por eso, para entre­garse con con­cien­cia a la vibra­ción más íntima en esta obra lite­ra­ria, hay que trans­po­nerse a un estrato espe­cial y muy hondo de su reme­mo­rar nada capri­choso: a los momen­tos del recuerdo, que no ya como imá­ge­nes, sino sin ima­gen, sin forma, inde­ter­mi­na­dos e impor­tan­tes, nos dan noti­cias de un todo igual que el peso de la red se la da al pes­ca­dor res­pecto de su pesca. El olfato es el sen­tido para el peso de quien arroja sus redes en el mar del temps perdu. Y sus fra­ses son el juego mus­cu­lar del cuerpo inte­li­gi­ble; con­tie­nen el inde­ci­ble esfuerzo por alzar esa pesca.
Por lo demás: la inti­mi­dad de la sim­bio­sis de esa crea­ción deter­mi­nada y de ese deter­mi­nado pade­ci­miento se mues­tra muy cla­ra­mente en que jamás en Proust irrumpe el heroico “sin embargo” con el que los hom­bres crea­do­res se alzan con­tra su sufri­miento. Por ello pode­mos decir (desde el otro lado): sobre otra base, y no sobre una dolen­cia tan honda e inin­te­rrum­pida, la com­pli­ci­dad de exis­ten­cia y curso del mundo, tan pro­funda como se dio en Proust, hubiese tenido que con­du­cir infa­li­ble­mente a un con­ten­tarse con lo común y pere­zoso. Pero su dolen­cia estaba deter­mi­nada a dejarse seña­lar, por un furor sin deseos ni remor­di­mien­tos, su sitio en el pro­ceso de la gran obra. Por segunda vez se alzó un anda­miaje como el de Miguel Angel, en el que el artista, la cabeza sobre la nuca, pin­taba la crea­ción en el techo de la Six­tina: el lecho de enfermo en el que Mar­cel Proust dedi­caba a la crea­ción de su micro­cos­mos las hojas incon­ta­das que cubría como en el viento con su escritura.

*Wal­ter Ben­ja­min (Ber­lín, 15 de julio de 1892 – Port­bou, 27 de sep­tiem­bre de 1940) fue un filó­sofo y crí­tico lite­ra­rio mar­xista y filó­sofo judeo-alemán.

Como eru­dito lite­ra­rio, se carac­te­rizó por sus tra­duc­cio­nes de Mar­cel Proust y Char­les Bau­de­laire; su ensayo La labor del tra­duc­tor es uno de los tex­tos teó­ri­cos más céle­bres y res­pe­ta­dos sobre la acti­vi­dad lite­ra­ria de la traducción.(…)

Las Tesis sobre la filo­so­fía de la His­to­ria, uno de los últi­mos tex­tos de Ben­ja­min, fue lo más cer­cano a tal sín­te­sis, y junto con el ensayo La obra de arte en la era de su repro­duc­ción téc­nica y Para una crí­tica de la vio­len­cia están entre sus tex­tos más leídos.

Para algu­nos comen­ta­ris­tas Ben­ja­min se sui­cidó en la pobla­ción espa­ñola de Port­bou en la fron­tera hispano-francesa, mien­tras inten­taba esca­par de los nazis, al creer que el paso de su grupo a tra­vés de la fron­tera le sería negado. Posi­ble­mente debido al sui­ci­dio de Ben­ja­min, al resto del grupo le fue per­mi­tido cru­zar la fron­tera al día siguiente. Adorno le estaba espe­rando en Nueva York.

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