Umberto Eco: “¿Y si el asombro llegara a su fin?”

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Los his­to­ria­do­res de la Edad Media nos dicen que el habi­tante de un pue­blo difí­cil­mente se mudaba a la aldea o pue­blo vecino, dis­tante a pocos kiló­me­tros, pero era posi­ble que visi­tara, como pere­grino, San­tiago de Com­pos­tela o Jeru­sa­lén. Sin embargo, aun­que pro­ba­ble­mente cono­cía las escul­tu­ras y vitraux de su pro­pia igle­sia, ¿qué podía haber visto o com­pren­dido de las cons­truc­cio­nes que cru­zaba a lo largo de su pere­gri­naje? Es muy difí­cil que­rer ver algo que nunca se ha visto, algo que desa­fíe nues­tra capa­ci­dad de percepción.

Algu­nos han puesto en duda el hecho de que Marco Polo haya estado real­mente en China, por­que no habla de la Gran Mura­lla ni del té ni de los pies ven­da­dos de las muje­res. Pero se puede estar mucho tiempo en China sin saber ver­da­de­ra­mente qué beben los chi­nos, sin obser­var jamás los pies de una mujer, aun­que sea por edu­ca­ción, notando como mucho que en la corte de Gen­gis Khan, las damas se des­pla­za­ban a peque­ños pasos; y sin pasar por la Gran Mura­lla, o pasar por ella y tomarla como una for­ta­leza local.

Todo esto para decir que, hasta el siglo XX, el cono­ci­miento que la gente tenía del arte de otros paí­ses era muy limi­tado. Por otra parte, si obser­va­mos los mag­ní­fi­cos gra­ba­dos de la China del sacer­dote Atha­na­sius Kir­cher, a par­tir de las recons­truc­cio­nes visua­les (rea­li­za­das según las des­crip­cio­nes ver­ba­les de los misio­ne­ros), es muy difí­cil reco­no­cer una pagoda.
¿Cuán­tas obras de arte de su pro­pia civi­li­za­ción veía un ciu­da­dano fran­cés hasta el siglo XIX? El acceso a las colec­cio­nes pri­va­das, e incluso a los museos, estaba reser­vado a una elite, y a lo sumo, a una elite urbana, hasta la inven­ción de la foto­gra­fía.
Para saber, por ejem­plo, a qué se pare­cía una obra de arte con­ser­vada en Flo­ren­cia, se recu­rría a los gra­ba­dos. ¡Ah! ¡Esos esplén­di­dos libros de Lacroix donde las mado­nas de todos los siglos (bizan­ti­nas o del Rena­ci­miento) tenían el ros­tro de las jóve­nes que pobla­ron los rela­tos his­tó­ri­cos de la época romántica!

Recor­de­mos que una de las eti­mo­lo­gías de la pala­bra “kitsch” –aun­que las hipó­te­sis son nume­ro­sas– es sketch, esquisse, esbozo sin­té­tico y apre­su­rado: los caba­lle­ros ingle­ses, durante su “Grand Tour” de Ita­lia, para guar­dar un recuerdo de los monu­men­tos y gale­rías que visi­ta­ban, pedían a artis­tas calle­je­ros que les hicie­ran un dibujo de la obra vista una sola vez, eje­cu­tado rápi­da­mente la mayo­ría de las veces. De ese modo, incluso la evo­ca­ción de la expe­rien­cia artís­tica directa pasaba por repre­sen­ta­cio­nes infieles.

Y no pode­mos decir que las cosas hayan mejo­rado con la inven­ción de la foto­gra­fía. Para con­ven­cerse de ello, basta con con­sul­tar algu­nos libros cono­ci­dos de la pri­mera mitad del siglo XX sobre his­to­ria del arte, hasta que fue posi­ble la repro­duc­ción en color.

Lo mismo que pasaba con las artes visua­les, suce­día con el mundo del espec­táculo. Es cono­cido ese mara­vi­lloso cuento de Bor­ges en el que Ave­rroes, que busca en vano tra­du­cir de Aris­tó­te­les los tér­mi­nos “tra­ge­dia” y “come­dia” (pues esas for­mas de arte no exis­tían en la cul­tura musul­mana), escu­cha hablar de un extraño suceso al que había asis­tido un visi­tante en China, donde per­so­nas enmas­ca­ra­das y ves­ti­das como per­so­na­jes de otros tiem­pos, actua­ban en un esce­na­rio de modo incom­pren­si­ble. Le con­ta­ban lo que era el tea­tro, pero él no com­pren­día bien de qué se tra­taba. En el mundo con­tem­po­rá­neo, la situa­ción se invierte. En pri­mer lugar, la gente viaja muchí­simo, a riesgo de ver en todas par­tes los mis­mos luga­res, hote­les, super­mer­ca­dos y aero­puer­tos, todos pare­ci­dos los unos a los otros, tanto en Sin­ga­pur como en Bar­ce­lona, y se ha hablado mucho sobre la mal­di­ción de esos “no luga­res”. Pero, sea como fuere, la gente ve y es posi­ble incluso que un fran­cés haya visto las pirá­mi­des o el Empire State Buil­ding, pero no el tapiz de Bayeux (un poco como su ances­tro, el cam­pe­sino medieval…).

El museo, antes reser­vado a las per­so­nas cul­ti­va­das, hoy es la meta de flu­jos con­ti­nuos de visi­tan­tes de todas las cla­ses socia­les. Es cierto que muchos miran pero no ven, pero, a pesar de todo, reci­ben infor­ma­ción sobre el arte de dife­ren­tes cul­tu­ras. Ade­más, los museos via­jan, las obras de arte se des­pla­zan. Se orga­ni­zan sun­tuo­sas expo­si­cio­nes sobre cul­tu­ras exó­ti­cas, del Egipto faraó­nico a los esci­tas. El juego de prés­ta­mos recí­pro­cos de obras de arte se con­vierte en ver­ti­gi­noso, y a veces peligroso.

Puede decirse lo mismo de los espec­tácu­los, y es indu­da­ble que un habi­tante de una ciu­dad del inte­rior tiene más opor­tu­ni­da­des de ver un espec­táculo de la Ber­li­ner Ensem­ble o un nô japo­nés que la que tenían sus padres.

Agre­gue­mos a esto la infor­ma­ción vir­tual: no hablo del cine o de la tele­vi­sión, que con­vier­ten casi en super­flua una visita a Los Ange­les, puesto que se la reco­rre mejor en una pan­ta­lla que embar­cán­dose en una mara­tón fre­né­tica de una auto­pista a otra, sin entrar jamás en nin­gún cen­tro habi­tado; hablo de Inter­net, que hoy pone a nues­tra dis­po­si­ción todas las obras del Lou­vre, de la Gale­ría Uffizi o de la Natio­nal Gallery.

Esto pro­voca una inter­na­cio­na­li­za­ción del gusto, y la prueba es la expe­rien­cia apa­sio­nante que vive aquel que entra en con­tacto con el mundo artís­tico chino: habiendo esca­pado recien­te­mente a un ais­la­miento casi abso­luto, los artis­tas chi­nos pro­du­cen obras que difí­cil­mente se dis­tin­guen de las que se expo­nen en Nueva York o en París. Recuerdo un encuen­tro entre crí­ti­cos euro­peos y chi­nos, en que los euro­peos creían intere­sar a sus invi­ta­dos al mos­trar­les imá­ge­nes de diver­sas bús­que­das artís­ti­cas euro­peas, en tanto que los chi­nos son­reían, diver­ti­dos, por­que ahora cono­cían esas cosas mejor que ellos.

Final­mente, basta con pen­sar en esos innu­me­ra­bles jóve­nes de todos los paí­ses que reco­no­cen una pieza musi­cal sólo si está can­tada en inglés…

¿Ire­mos hacia un gusto gene­ra­li­zado, a punto tal que ya no podre­mos dis­tin­guir el pop chino del pop nor­te­ame­ri­cano? ¿O bien vere­mos per­fi­larse for­mas de loca­li­za­ción, de tal modo que las dife­ren­tes cul­tu­ras pro­du­ci­rán inter­pre­ta­cio­nes dis­tin­tas del mismo estilo o pro­grama artís­tico?
En todo caso, nues­tro gusto que­dará mar­cado por el hecho de que ya no parece posi­ble expe­ri­men­tar asom­bro (o incom­pren­sión) ante lo des­co­no­cido. En el mundo de mañana, lo des­co­no­cido, si toda­vía queda algo, estará sola­mente más allá de las estre­llas. ¿Esa falta de asom­bro (o de rechazo) con­tri­buirá a una mayor com­pren­sión entre las cul­tu­ras o a una pér­dida de iden­ti­dad? Ante este desa­fío, es inú­til huir: es pre­fe­ri­ble inten­si­fi­car los inter­cam­bios, las hibri­da­cio­nes, los mes­ti­za­jes. En el fondo, en botá­nica, los injer­tos favo­re­cen los cul­ti­vos. ¿Por qué no en el mundo del arte?.

Por Umberto Eco.

Le Monde 12 de diciem­bre 2009. Clarín,15 diciem­bre 2009.
Tra­duc­cion de Estela Consigli.


Texto escrito para el Fes­ti­val Reimes Sce­nes d’Europe, que se desa­rro­lló hasta el 19 de diciem­bre.

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Posted by on mayo 17, 2010. Filed under Uncategorized. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0. You can leave a response or trackback to this entry

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