Medios alternativos

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medio­sal­ter­na­ti­vos

Alfonso Gumucio-Dagron
Del mismo modo que los medios masi­vos con­tri­bu­yen a per­pe­tuar la cul­tura hege­mó­nica y el poder que se sus­tenta en ella, los medios alter­na­ti­vos pro­mue­ven la diver­si­dad cul­tu­ral y son la base de la demo­cra­cia par­ti­ci­pa­tiva. Los medios masi­vos res­pon­den cla­ra­mente a dos intere­ses com­ple­men­ta­rios e indi­vi­si­bles: intere­ses comer­cia­les e intere­ses polí­ti­cos. Los intere­ses comer­cia­les, basa­dos en la noción de lucro y enri­que­ci­miento –el “mer­cado”– tie­nen rami­fi­ca­cio­nes en la cul­tura y en la socie­dad. Los intere­ses polí­ti­cos inter­vie­nen en las ins­tan­cias de poder, tanto en la admi­nis­tra­ción del Estado como en el terreno de la ideo­lo­gía que disputa día a día el espa­cio de la esfera pública. Jesús Galindo observa dos esce­na­rios con­tra­pues­tos, la socie­dad de infor­ma­ción que es domi­nante, y la socie­dad de comu­ni­ca­ción que es emer­gente:
“La socie­dad de infor­ma­ción tiene una muy baja cul­tura de comu­ni­ca­ción, le interesa más el flujo de datos en cier­tas direc­cio­nes, que cons­ti­tuir for­mas socia­les de encuen­tro y diá­logo. La razón es sim­ple, una orga­ni­za­ción con tra­zos ver­ti­ca­les no incluye a los hori­zon­ta­les mas que en un orden secun­da­rio y subordinado (…)”.

Frente a ese esce­na­rio está la socie­dad de comu­ni­ca­ción, abierta y “com­puesta por ciu­da­da­nos libres y par­ti­ci­pa­ti­vos, la de indi­vi­duos crí­ti­cos y reflexivos. (…)

La demo­cra­cia es la cua­li­dad cen­tral de este tipo social, para su movi­miento requiere del diá­logo de los igua­les, del acuerdo entre los dis­tin­tos pero tole­ran­tes” para alcan­zar for­mas de gobierno que efec­ti­va­mente sir­ven a la ciu­da­da­nía de manera hori­zon­tal. (Galindo, 1998). Los medios alter­na­ti­vos o alte­ra­ti­vos, como los llama Rafael Ron­ca­gliolo por­que alte­ran y con­tes­tan la ver­ti­ca­li­dad de los medios hege­mó­ni­cos, son parte del ter­cer sec­tor de la infor­ma­ción que es el único que garan­tiza el dere­cho a la comu­ni­ca­ción de los pue­blos y de sus cul­tu­ras. Los medios públi­cos, el segundo sec­tor, que debe­rían ser­vir a las nece­si­da­des de la pobla­ción, son con fre­cuen­cia uti­li­za­dos por los gobier­nos con fines político-partidarios. En el mejor de los casos, son medios que con­tri­bu­yen al desa­rro­llo, a la edu­ca­ción y a la cul­tura, pero desde una pers­pec­tiva homo­ge­ni­za­dora, que no toma en cuenta la diver­si­dad cul­tu­ral y lingu%u0308ística, debido a su carác­ter de medios de amplia cober­tura poblacional.

¿Dere­chos peligrosos?

Se con­funde con fre­cuen­cia la liber­tad de expre­sión con el dere­cho a la comu­ni­ca­ción. La expre­sión “dere­cho a la comu­ni­ca­ción” es con­si­de­rada sub­ver­siva. Se defiende la liber­tad de expre­sión por­que es el dere­cho que tie­nen los perio­dis­tas y los due­ños de medios para cana­li­zar sus opi­nio­nes sin res­tric­ción, pero el dere­cho de los pue­blos a comu­ni­carse por sí mis­mos, sin tutela y sin inter­me­dia­rios, se con­si­dera un peli­gro para el poder esta­ble­cido, para los medios hege­mó­ni­cos, y a veces para los pro­pios perio­dis­tas, que ven en riesgo su espa­cio labo­ral, que a veces admi­nis­tran con una men­ta­li­dad feu­dal, defen­diendo a los patro­nes como si la comu­ni­ca­ción fuera un bien pri­vado y no de ser­vi­cio público.

Lo mismo sucede con la diver­si­dad cul­tu­ral: algu­nos con­si­de­ran que es un peli­gro o por lo menos un freno para el cre­ci­miento eco­nó­mico. En el año 2005, luego de un encar­ni­zado debate inter­na­cio­nal, se aprobó final­mente por amplia mayo­ría en la Unesco la Con­ven­ción sobre la pro­tec­ción y la pro­mo­ción de la diver­si­dad de las expre­sio­nes cul­tu­ra­les, a pesar de la férrea opo­si­ción del gobierno de Bush, que ame­nazó con reti­rarse de nuevo de la orga­ni­za­ción. ¿Qué puede ser tan peli­groso en la diver­si­dad cul­tu­ral de nues­tro pequeño planeta?

El debate alre­de­dor de la con­ven­ción sobre la diver­si­dad cul­tu­ral recuerda otro debate que la misma Unesco impulsó hace exac­ta­mente 30 años, y que motivó la salida de Esta­dos Uni­dos y de Ingla­te­rra de la orga­ni­za­ción: el Nuevo Orden Mun­dial de la Infor­ma­ción la Comu­ni­ca­ción (NOMIC). Las nue­vas gene­ra­cio­nes de estu­dian­tes de comu­ni­ca­ción o de perio­dismo, ya no estu­dian ni cono­cen siquiera ese impor­tante momento del con­fron­ta­ción ideo­ló­gica que divi­dió al mundo entre norte y sur. Por ello es bueno recor­dar que a fines de los años 70, la Unesco invitó a una comi­sión de exper­tos pre­si­dida por el Pre­mio Nóbel de la Paz Sean Mac­Bride, para ana­li­zar la situa­ción de la comu­ni­ca­ción y de la infor­ma­ción a nivel mun­dial. Los lati­noa­me­ri­ca­nos Gabriel Gar­cía Már­quez y Juan Soma­vía, inte­gra­ron la comi­sión inter­na­cio­nal de 16 miem­bros. El “informe Mac­Bride”, publi­cado con el título “Un solo mundo voces múl­ti­ples: comu­ni­ca­ción e infor­ma­ción en nues­tro tiempo”, reveló los des­ajus­tes y des­equi­li­brios en los flu­jos de infor­ma­ción y en la con­cen­tra­ción de medios en pocas manos, que dejaba a la mayor parte de los paí­ses del Ter­cer Mundo sin voz en el con­cierto internacional.

En el aná­li­sis, el informe aborda la pro­ble­má­tica de la comu­ni­ca­ción desde una pers­pec­tiva his­tó­rica, socio­ló­gica y polí­tica. Sus 82 reco­men­da­cio­nes cubren los aspec­tos cen­tra­les: las polí­ti­cas de comu­ni­ca­ción, el desa­rro­llo de capa­ci­da­des nacio­na­les, el finan­cia­miento, la inde­pen­den­cia y auto­su­fi­cien­cia tec­no­ló­gica, la ges­tión del espec­tro electro-magnético, la inte­gra­ción de la comu­ni­ca­ción en el desa­rro­llo, la par­ti­ci­pa­ción de la ciu­da­da­nía, el for­ta­le­ci­miento de la iden­ti­dad cul­tu­ral, la res­pon­sa­bi­li­dad e inte­gri­dad de los perio­dis­tas, los lími­tes a la con­cen­tra­ción de medios, la eli­mi­na­ción de la cen­sura, la diver­si­dad de fuen­tes y temas, y todo ello enmar­cado en la demo­cra­ti­za­ción de la comu­ni­ca­ción desde una pers­pec­tiva de dere­chos humanos.

Las reco­men­da­cio­nes –váli­das hoy como ayer– señalan la nece­si­dad de pro­mo­ver la diver­si­dad lin­guis­tica en los medios, el desa­rro­llo de los medios comu­ni­ta­rios, la pro­mo­ción de for­mas no mer­can­ti­les de comu­ni­ca­ción, el apoyo a las cau­sas jus­tas de los pue­blos que luchan por su liber­tad, el res­peto por las cul­tu­ras nacio­na­les, entre otras. En tér­mi­nos gene­ra­les el informe hizo un lla­mado a los esta­dos para recu­pe­rar la comu­ni­ca­ción como un bien público, y para esta­ble­cer las reglas del juego para limi­tar el poder incon­tro­la­ble de las gran­des empre­sas mediá­ti­cas. Para Esta­dos Uni­dos eso equi­va­lía a una decla­ra­ción de gue­rra, aún más, un mani­fiesto comu­nista que se opo­nía a la “liber­tad de empresa”. Cuando uno lee el informe y las reco­men­da­cio­nes 30 años des­pués, no puede sino sen­tir un sabor a derrota. La vigen­cia del aná­li­sis y de las con­clu­sio­nes es cruel: tres déca­das más tarde la situa­ción no es sola­mente la misma, sino que ha empeo­rado. Jamás antes hemos visto un con­trol mayor sobre los medios masi­vos a nivel mun­dial, y una con­cen­tra­ción del poder mediá­tico en tan pocas manos. Las empre­sas mediá­ti­cas han expan­dido su influen­cia no sola­mente sobre con­glo­me­ra­dos mul­ti­me­dios y edi­to­ria­les, sino sobre otros sec­to­res de tec­no­lo­gía y sobre el sis­tema financiero.

Fuente: Etce­tera

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