No soy Heduardo. Pero algunas cosas me salen en el photoshop
El comportamiento de estas semanas de Jaime Bayly no debe dejar de sorprendernos, hace ya bastante tiempo que su yoismo ha marcado la pauta en su nueva etapa política. Nadie más que él sabe que merece todo el apoyo del respetable y que le aplaude cualquier banalidad que se le ocurra a su payaso favorito.
Jaime Bayly pudo ser un buen escritor, ahora es un simple asaltante de su propia escritura y se dejó arrastrar por la miseria de una vida acomodada y de esa farándula salvaje que con el tiempo lo deformó a su antojo y lo adoptó para sus gustos personales.
Imagino que como el gran ‘Tongo’ siente que el disfuerzo mental que ejecuta frente a las cámaras es una expresión de arte ante los ojos ajenos. Bayly ‘el escritor’ a muerto hace mucho tiempo y lejos de que su libro “Morirás mañana” haya sido el más vendido de la FIL junto a un texto de nutrición y el “El Pez weon 2” (Que carajo es eso?) él nunca volverá a ser el mismo en sus textos. Nunca más.
Estaba estirándome en la cama el domingo en la mañana cuando
Sandra me preguntó:- ¿Por qué no vienes al spinning conmigo?
Había dormido bien y me provocaba sudar un poco, así que decidí acompañarla. Ella me advirtió que la clase sería fuerte para un principante como yo, pero me reí en su cara y le dije que sería un paseíllo para mí.
- Tu clasecita de spinning me va a servir de calentamiento antes de hacer mi rutina en el gimnasio –le dije, y ella apenas sonrió.
Confiado en mi buena condición física, me puse ropa deportiva y anteojos oscuros y, cargando una botella grande de agua, me dirigí al gimnasio dispuesto a estrenarme en la moda universal del spinning, un ejercicio que miles de mujeres y algunos hombres, subidos en sus bicicletas estáticas y pedaleando frenéticamente al ritmo de una música demencial, practican con una especie de devoción religiosa y celo fanático. Esto lo tenía muy claro antes de subirme a la bicicleta: el spinning no es un ejercicio más, es una secta peligrosa a la que no cualquiera puede pertenecer.
- Si te cansas y no puedes seguir, dejas de pedalear y te bajas de la bicicleta –me dijo Sandra cuando entramos al gimnasio.
- No me hagas reír, por favor– le dije, con una sonrisa arrogante.- Yo he jugado fútbol de chico, corro todos los días, mis piernas están entrenadas, ¿tú crees que no voy a poder montar bicicleta una horita?.
El profesor de spinning se llamaba Tony y era un muchacho bajito, musculoso y saltarín, uno de esos gringos perfectamente felices que todavía no se han enterado de que algún día se van a morir. Le entregué mi ticket número 6 y me dijo que cogiese mi bicicleta y la colocase en algún lugar frente a él. La maldita bicicleta pesaba una tonelada y no había cómo moverla de allí.
Estaba arrastrándome como un condenado para desplazarla cuando alguien me hizo notar que debía levantarla y hacer girar sus rueditas. Fue un buen consejo. Puse la bicicleta detrás de todos, me subí a ella, respiré hondo y tranquilo y eché un vistazo: seis jóvenes mujeres comenzaban a pedalear de espaldas a mí, y todas eran guapas y llevan poca ropa deportiva, especialmente una brasilera que había amanecido ese domingo con la feliz idea de hacer bikini-spinning, lo que me permitía la gozosa contemplación de su cuerpo y parte de su alma.
Estaba estirándome en la cama cuando Sofía, la madre de mis hijas, me preguntó:
–¿Por qué no vienes al spinning conmigo? Si vas a ser candidato, tienes que estar flaco. Te conviene bajar unos kilitos, gordi. Te estás poniendo como Alan.
Había dormido bastante y me venía bien sudar un poco, así que decidí acompañarla. Sofía me advirtió que la clase sería extenuante para un advenedizo como yo, pero me reí y le dije que sería un juego, una papayita.
–Tu bendita clase de spinning será un calentamiento antes de hacer mi rutina en el gimnasio– le dije con aire burlón y ella sonrió.
Confiado en mi buena condición física, me puse ropa deportiva y anteojos oscuros y me dirigí al gimnasio dispuesto a estrenarme en la moda del spinning, un ejercicio que decenas de mujeres y hombres, subidos en sus bicicletas estáticas, practicaban con una especie de devoción religiosa y celo fanático. Esto lo tenía muy claro antes de subirme a la bicicleta: el spinning no era un ejercicio más, era una secta peligrosa a la que no cualquiera podía pertenecer.
–Si te cansas y no puedes seguir, dejas de pedalear y te bajas de la bicicleta –me dijo Sofía apenas entramos al gimnasio.
–No me hagas reír, por favor –dije, con una sonrisa arrogante, jactanciosa–. Yo he jugado fútbol de chico, corro todos los días, mis piernas están entrenadas, tócalas, tócalas, ¿tú crees que no voy a poder montar bicicleta una horita? No me tomes el pelo, por favor.
El profesor se llamaba Tony y era un muchacho bajo, musculoso y saltarín, uno de esos jóvenes perfectamente felices que todavía no se han enterado de que un día se van a morir. Le entregué mi ticket y me dijo que jalase mi bicicleta y la colocase frente a él. Puse la bicicleta detrás de todos, me subí a ella, respiré hondo y eché un vistazo: seis mujeres jóvenes comenzaban a pedalear de espaldas a mí y todas eran guapas y llevaban poca ropa, especialmente una brasileña que había amanecido con la feliz idea de hacer bikini-spinning.
–Comenzamos bien –pensé, mirando las piernas de la brasileña, pedaleando con pleno dominio de la situación.
Tony puso una música lenta para calentar, aplaudió con entusiasmo, gritó frases de aliento que juzgué desmesuradas y pidió que nos preparásemos para la posición “número uno”. Como yo, a mis cuarenta y cinco años, sólo conocía una posición para montar bicicleta, seguí pedaleando en mi posición uno y única.
Shortlink:
Comentarios recientes