Jaime Bayly a muerto (en sus textos)

marcha de los 4 suyos Jaime Bayly a muerto (en sus textos)

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No soy Heduardo. Pero algu­nas cosas me salen en el photoshop

El com­por­ta­miento de estas sema­nas de Jaime Bayly no debe dejar de sor­pren­der­nos, hace ya bas­tante tiempo que su yoismo ha mar­cado la pauta en su nueva etapa polí­tica. Nadie más que él sabe que merece todo el apoyo del res­pe­ta­ble y que le aplaude cual­quier bana­li­dad que se le ocu­rra a su payaso favorito.

Jaime Bayly pudo ser un buen escri­tor, ahora es un sim­ple asal­tante de su pro­pia escri­tura y se dejó arras­trar por la mise­ria de una vida aco­mo­dada y de esa farán­dula sal­vaje que con el tiempo lo deformó a su antojo y lo adoptó para sus gus­tos personales.

Ima­gino que como el gran ‘Tongo’ siente que el dis­fuerzo men­tal que eje­cuta frente a las cáma­ras es una expre­sión de arte ante los ojos aje­nos. Bayly ‘el escri­tor’ a muerto hace mucho tiempo y lejos de que su libro “Mori­rás mañana” haya sido el más ven­dido de la FIL junto a un texto de nutri­ción y el “El Pez weon 2” (Que carajo es eso?) él nunca vol­verá a ser el mismo en sus tex­tos. Nunca más.

Frag­men­tos del artículo “Mi pri­mera clase de Spin­ning” (Jaime Bayly) — 2006 — Webalia


Estaba esti­rán­dome en la cama el domingo en la mañana cuando
San­dra me preguntó:

- ¿Por qué no vie­nes al spin­ning conmigo?

Había dor­mido bien y me pro­vo­caba sudar un poco, así que decidí acom­pa­ñarla. Ella me advir­tió que la clase sería fuerte para un prin­ci­pante como yo, pero me reí en su cara y le dije que sería un paseí­llo para mí.

- Tu cla­se­cita de spin­ning me va a ser­vir de calen­ta­miento antes de hacer mi rutina en el gim­na­sio –le dije, y ella ape­nas sonrió.

Con­fiado en mi buena con­di­ción física, me puse ropa depor­tiva y ante­ojos oscu­ros y, car­gando una bote­lla grande de agua, me dirigí al gim­na­sio dis­puesto a estre­narme en la moda uni­ver­sal del spin­ning, un ejer­ci­cio que miles de muje­res y algu­nos hom­bres, subidos en sus bici­cle­tas está­ti­cas y peda­leando fre­né­ti­ca­mente al ritmo de una música demen­cial, prac­ti­can con una espe­cie de devo­ción reli­giosa y celo faná­tico. Esto lo tenía muy claro antes de subirme a la bici­cleta: el spin­ning no es un ejer­ci­cio más, es una secta peli­grosa a la que no cual­quiera puede pertenecer.

- Si te can­sas y no pue­des seguir, dejas de peda­lear y te bajas de la bici­cleta –me dijo San­dra cuando entra­mos al gimnasio.

- No me hagas reír, por favor– le dije, con una son­risa arro­gante.- Yo he jugado fút­bol de chico, corro todos los días, mis pier­nas están entre­na­das, ¿tú crees que no voy a poder mon­tar bici­cleta una horita?.

El pro­fe­sor de spin­ning se lla­maba Tony y era un mucha­cho bajito, muscu­loso y sal­ta­rín, uno de esos grin­gos per­fec­ta­mente feli­ces que toda­vía no se han ente­rado de que algún día se van a morir. Le entre­gué mi ticket número 6 y me dijo que cogiese mi bici­cleta y la colo­case en algún lugar frente a él. La mal­dita bici­cleta pesaba una tone­lada y no había cómo moverla de allí.

Estaba arras­trán­dome como un con­de­nado para des­pla­zarla cuando alguien me hizo notar que debía levan­tarla y hacer girar sus rue­di­tas. Fue un buen con­sejo. Puse la bici­cleta detrás de todos, me subí a ella, res­piré hondo y tran­quilo y eché un vis­tazo: seis jóve­nes muje­res comen­za­ban a peda­lear de espal­das a mí, y todas eran gua­pas y lle­van poca ropa depor­tiva, espe­cial­mente una bra­si­lera que había ama­ne­cido ese domingo con la feliz idea de hacer bikini-spinning, lo que me per­mi­tía la gozosa con­tem­pla­ción de su cuerpo y parte de su alma.

Frag­men­tos del artículo “Mal­dito Spin­ning” (Jaime Bayly) – 2010 — Peru 21

Estaba esti­rán­dome en la cama cuando Sofía, la madre de mis hijas, me preguntó:

–¿Por qué no vie­nes al spin­ning con­migo? Si vas a ser can­di­dato, tie­nes que estar flaco. Te con­viene bajar unos kili­tos, gordi. Te estás poniendo como Alan.

Había dor­mido bas­tante y me venía bien sudar un poco, así que decidí acom­pa­ñarla. Sofía me advir­tió que la clase sería exte­nuante para un adve­ne­dizo como yo, pero me reí y le dije que sería un juego, una papayita.

–Tu ben­dita clase de spin­ning será un calen­ta­miento antes de hacer mi rutina en el gim­na­sio– le dije con aire bur­lón y ella sonrió.

Con­fiado en mi buena con­di­ción física, me puse ropa depor­tiva y ante­ojos oscu­ros y me dirigí al gim­na­sio dis­puesto a estre­narme en la moda del spin­ning, un ejer­ci­cio que dece­nas de muje­res y hom­bres, subidos en sus bici­cle­tas está­ti­cas, prac­ti­ca­ban con una espe­cie de devo­ción reli­giosa y celo faná­tico. Esto lo tenía muy claro antes de subirme a la bici­cleta: el spin­ning no era un ejer­ci­cio más, era una secta peli­grosa a la que no cual­quiera podía pertenecer.

–Si te can­sas y no pue­des seguir, dejas de peda­lear y te bajas de la bici­cleta –me dijo Sofía ape­nas entra­mos al gimnasio.

–No me hagas reír, por favor –dije, con una son­risa arro­gante, jac­tan­ciosa–. Yo he jugado fút­bol de chico, corro todos los días, mis pier­nas están entre­na­das, tóca­las, tóca­las, ¿tú crees que no voy a poder mon­tar bici­cleta una horita? No me tomes el pelo, por favor.

El pro­fe­sor se lla­maba Tony y era un mucha­cho bajo, muscu­loso y sal­ta­rín, uno de esos jóve­nes per­fec­ta­mente feli­ces que toda­vía no se han ente­rado de que un día se van a morir. Le entre­gué mi ticket y me dijo que jalase mi bici­cleta y la colo­case frente a él. Puse la bici­cleta detrás de todos, me subí a ella, res­piré hondo y eché un vis­tazo: seis muje­res jóve­nes comen­za­ban a peda­lear de espal­das a mí y todas eran gua­pas y lle­va­ban poca ropa, espe­cial­mente una bra­si­leña que había ama­ne­cido con la feliz idea de hacer bikini-spinning.

–Comen­za­mos bien –pensé, mirando las pier­nas de la bra­si­leña, peda­leando con pleno domi­nio de la situación.

Tony puso una música lenta para calen­tar, aplau­dió con entu­siasmo, gritó fra­ses de aliento que juz­gué des­me­su­ra­das y pidió que nos pre­pa­rá­se­mos para la posi­ción “número uno”. Como yo, a mis cua­renta y cinco años, sólo cono­cía una posi­ción para mon­tar bici­cleta, seguí peda­leando en mi posi­ción uno y única.

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