Truman Capote, buitre con manías de paloma

Por Carlos Yusti

“Los escritores, cuando menos aquellos que corren auténticos riesgos, que están dispuesto a jugarse el todo por el todo y llegar hasta el final, tiene en común con otra casta de hombres solitarios: los individuos que se ganan la vida al billar y dando cartas.”

“Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy Homosexual. Soy un genio.” Así se expresaba Truman Capote en un texto de su libro, soberbio y exquisito, “Música para camaleones”. Pero aparte de todo eso fue un periodista con implacable talento, un gran observador de la vida, un perverso escrutador de lo cotidiano o como él mismo lo expresaba haciendo referencia al oficio de escritor: “Hay que aprender tanto, y de tantas fuentes: no sólo de libros, sino de la música, de la pintura y hasta de la simple observación de todos los días.”

Era sin lugar a dudas un buitre que hurgaba en la carroña existencial de la gente adinerada. Era un buitre, con ademanes de paloma, que fascinaba a enemigos y admiradores por igual. No obstante Capote era displicente y sólo le interesaba vivir y escribir.

Mi primer encuentro con Truman Capote escritor sucedió con la lectura de su novela “A sangre fría”, que relata un asesinato múltiple en una apartada localidad de Kansas. A pesar de lo truculento del hecho real la novela se desarrolla con morosa maestría y Capote, luego de una tortuosa investigación, narra los pormenores de un crimen absurdo haciendo gala de un sentido periodístico inigualable. Con respecto a las críticas que recibió la novela él mismo escribió: “Mucha gente pensó que yo estaba loco por pasarme seis años vagando a través de las llanuras de Kansas; otros rechazaron de plano mi concepción de la ‘novela real’, declarándola indigna de un escritor ‘serio’,.” Lo cierto de este asunto es que en 1966 Truman Capote vendió de “A sangre fría” más trescientos mil ejemplares. La novela estuvo en la lista de los libros más vendidos del New York Times, por el lapso de treinta y siete semanas. Otros escritores, como Norman Mailer, utilizaron la formula de la novela real para escribir sus libros, asegurando con ello también éxitos de venta.

Aunque ya había publicado dos novelas, “Otras voces, otros ámbitos” y “Desayuno en Tiffany’s”, algunos libros de artículos publicados en The New Yorker, escrito uno que otro guión de cine y un libro de reportajes, “Se oyen las musas”, sería con “A Sangre Fría” que alcanzaría cierta notoriedad pública. De pronto Truman Capote, estuvo en el protagonismo mediático más rutilante de la movida cultural de esos años: portadas de revistas, entrevistas por la T.V y por la prensa, charlas en las universidades, fiestas en la alta sociedad con sus estrellas de cine y sus ricachones de rigor. Era un ser que deslumbraba a todos con su amanerada inteligencia y su delicada perspicacia como conversador.

Sobre este las causas de este deslumbramiento que provocaba como escritor y como ser social hay un texto, también perteneciente a “Música para camaleones”, titulado “Deslumbramiento” que da ciertas claves algo fantásticas. Capote mezcla en dicho texto relato imaginativo con realidad y narra un episodio de su niñez. Cuenta el escritor que pasando una temporada, con unos parientes en Nueva Orleans sintió, igual que todo el mundo en la localidad, una fascinación por la señora Ferguson, quien parecía estar dotada de poderes mágicos y debido a esto era consultada por las mujeres para “enderezar a maridos descarriados, obligar a declararse novios indecisos, devolver el cabello perdido, recobrar fortunas”; en fin de convertir los deseos de las personas en realidad. A través del hijo de la señora Fergunson, Skeeter, concreta un encuentro entre la maga y el escritor, que para ese entonces era a lo sumo un niño de ocho años. El pago era un collar de la abuela, una baratija sin valor que tenía una enorme piedra amarilla. Capote roba el collar y acude a la cita. Le confiesa a la señora Fergunson, que quiere ser bailarín de Claqué, que quiere fugarse, ir a Hollywood y salir en películas. Así mismo confiesa que quiere ser una chica en vez de un chico. La señora Fergunson obliga al muchacho a mirar la cuenta amarilla del collar y repite bailadeslumbrabailadeslumbrabailadeslumbra.

Verdad o ficción literaria lo sorprendente es que Truman Capote fue en vida un excelente bailarín de claqué, estuvo en Hollywood, debutó en alguna película, escribió guiones de cine y en cuanto a deslumbrar lo hizo a través de su trabajo literario.

La escritura, aparte de su bello rostro de niño perverso y de su golfa inteligencia, le permitió codearse con la crema de la cultura cinematográfica y literaria; le permitió tutearse con muchas personalidades del Jet-Set y de la política. Todos sabían que era un chismoso con mucho genio, pero así y todo lo atraían a su lado y le contaban algunos secretos profundos de su vida. Truman Capote fiel a su formula de observación directa convertía todo en material literario de altos kilates estéticos. A pesar de ello los retratados en sus textos periodísticos y en sus novelas se sentían traicionados y heridos en sus orgullos. También sabían que la sabandija traicionera era un gran escritor y que no se equivocaba y que por otra parte lo que escribía poseía gran profundidad psicológica y enorme destreza metafórica. El retrato de escribió Truman Capote sobre Marilyn Monroe, “Una adorable criatura”, es un ejemplo fidedigno de su maestría para los retratos. Escribe el texto sobre la Monroe como si se tratara de una escena teatral o de una corta escena de cine. Primero describe el escenario. Luego pasa a describir a los personajes. Después entra en escena Marilyn. Desarrolla diálogos con la actriz e intercala sus ácidos comentarios. Poco a poco la despoja de su aura de diva y la presenta vulnerable. No falta en el escrito ironía, mucho menos una especie de poética desnuda, de parábola alejada de toda retórica, pero delicadamente emotiva.

Como escritor ya consagrado buscaba sintetizar mucha más su estilo. Su última novela, al parecer inacabada, “Plegarias atendidas” (cuyo título lo toma de una frase de Santa Teresa: “Se derraman más lagrimas por plegarias atendidas que por la no atendidas.”) Fue una novela difícil para Capote. Eliminó capítulos completos, escribió otros nuevos. Quería seguir arriesgando a la hora de escribir, quería jugarse el todo por el todo. Capote había escrito que si en “A sangre fría”, intentó mantenerse encubierto en “Plegarias atendidas” se situó en el mismo centro de lo narrado y reconstruyó conversaciones banales con personas de su entorno inmediato: el masajista, el conserje, un antiguo compañero de colegio, el dentista. Con esta estructura se empleo a fondo con todo lo aprendido acerca del escribir. La novela es un gran mosaico de escritores, actrices, millonarios, chulos y homosexuales. Todos descritos con crueles pinceladas de malicia y buena estética literaria.

Truman Capote era un truhuan con exquisito talento. Sin prejuicio alguno supo burlarse de sí mismo y de toda aquella tropa de personas que intimaron con él. En una autoentrevista se interroga de qué tiene miedo y se responde con una frase mortalmente afectada: “De sapos verdaderos en jardines imaginarios”. En la misma entrevista cuenta una anécdota que vale la pena transcribir: “Por ejemplo, la otra noche estaba sentado con unos amigos en un bar atestado de gente en Kay West. En una mesa vecina, había una mujer medianamente bebida con su marido, completamente borracho. Al poco, se me acercó la mujer y me pidió que le firmara una servilleta de papel. Al parecer, eso no gustó al marido; vino dando bandazos a nuestra mesa y, después de abrirse la bragueta y sacar todo el aparato, dijo: ‘Ya que está firmando autógrafos, ¿por qué no me firma esto?’. Las mesas de alrededor se quedaron en silencio, así que muchísima gente oyó mi respuesta: ‘¿No sé si cabrá mi firma, pero quizá pueda ponerle mis iniciales?’.”

Lo de buitre no es una metáfora. Truman Capote escribió que si reencarnara le gustaría hacerlo en un pájaro, preferiblemente en un buitre: “Un buitre no tiene que molestarse por su aspecto o capacidad para gustar y seducir; no tiene que darse aires. De todos modos, no va a gustar a nadie; es feo, indeseable.”

Truman Capote era un buitre que gustaba y seducía. No era un santo. Fue un notable escritor. Era un amigo de doble filo. Supo como nadie que la escritura era una manera de ponerse en evidencia, que era una exigencia alejada de toda frivolidad. Que la literatura no era otra cosa que un despertar de su capacidad para deslumbrar, para bailar al ritmo de las palabras con una soltura implacable, sobrevolando a sus aires como un buitre, pero con un vuelo de calibrada suavidad.