Mientras tanto yo me voy a Misiura, es mi derecho.
Cuentan las malas lenguas limeñas –y acaso perversas– de que Gastón Acurio es un racista asolapado, un mercachifle del gusto popular, un sibarita de alto vuelo que utiliza sus oficios solo para escalar en su posición social.
!Injuriosas! repito al unisonó al escuchar su voz y presencia en cuanto canal de televisión se aparece por delante para contarnos que jamás será candidato a la presidencia de ninguna entidad pública del estado. Amén.
De aquel delantal de cocinero que no se casa con ningún gobierno y que sin embargo apoya a todos, de aquel hombre que se la jugó por nadie en las pasadas elecciones, se arman los huesos de un personaje que se sabe mover en los negocios de la buena sazón, gastronomía de exportación que le dicen.
Atribuirle vergonzosas cualidades a un tenaz militante del sabor democrático es caer en el lumpen bajo golpe de insultar por la pura y legendaria envidia peruana (como escribiría mi ex admirado C. Hildebrandt).
Por un lado Mistura es un ejemplo de lo que la democracia significa para los Gastones Acurios de nuestros tiempos: Si quieres comer tienes que pagar, si quieres pagar tienes que hacer cola, si quieres hacer cola primero tienes que entrar, si quieres entrar tienes que pagar y así se cierra ese círculo empalagoso del negocio redondo en clave gastronómica.
Gastón Acurio tiene todo el derecho de vender sus potajes al precio que mejor le beneficie, y la gente tiene todo el derecho de pagar el precio que pueda, pero qué culpa tiene la ciudad Centro Histórico de Lima convertida ahora en un mercadillo de los platos desechables, qué culpa la urbe Patrimonio Cultural para convertirla en restaurante sin tenedores, que culpan tienen los árboles decapitados sin brillo para que los toldos del ceviche puedan ubicarse en un mejor lugar. (Versión de Alfredo Vanini)
Existe un conglomerado en Facebook denunciando que Mistura discrimina a los Discapacitados y adultos mayores, entendiendo que no existen facilidades para que la minoría se movilice mejor entre anticuchos y pescados. Yo aún no entiendo –y disculpen la insistencia– porqué la gente tiene que pagar dos veces para consumir un plato de comida y quejarse de que no haya facilidades para hacerlo.
El tema no está cerrado pues sentado en el metropolitano que me lleva hacia mi casa en el sur, alguien me cuenta en el camino que un reconocido Cheff peruano se pasa la vida durmiendo sobre la vereda de la Beneficencia Pública, buscando algún edificio histórico de Lima para convertirlo en un restaurante gourmet de glamoroso mal gusto, como algún día lo dijo entre dientes el mismísimo Gastón Acurio que hubiera preferido a la Casa de la Literatura convertida en un “lindo mercado”. (min. 8.50)
Mistura y sus alrededores es lo que le pasa a un país con profundas y arraigadas fisuras sociales, sobrevivientes de un modelo neoliberal y violento. Mistura es la vendedora de gelatinas de a 50 céntimos el vasito y la mazamorra morada que sobre los hombros del poder se saborea muy rico casera.
Mistura también podría ser el Perú que algunos deseamos desterrar.
Mientras tanto yo me voy a Misiura, es mi derecho.









