¿Es Lima una sociedad enferma de machismo?

Esa es la pregunta que intenta absolver la doctora Raquel Hurtado La Rosa en su libro titulado “Caracol de Piedra”. Esta publicación, elaborada y redactada con profunda rigurosidad, tiene por finalidad hacer visible el problema del género en nuestra sociedad, a partir del reconocimiento de un sin número de estereotipos sociales que definen la manera de ser mujer u hombre en nuestro medio. Ello conlleva a reconocer y redefinir el problema de la masculinidad, además de hacer visible la situación de subordinación y desventaja de las mujeres en nuestro país.

Luego de revisar los datos recogidos a nivel de campo, del análisis de las opiniones de los entrevistados y de la sistematización de la información hecha por la autora, el lector, cualquiera que sea su profesión, oficio o actividad, llega a una sola conclusión: En nuestra sociedad, los hombres de Lima Metropolitana son todavía profundamente machistas. A continuación haré algunas referencias y apuntes que no dejan dudas sobre la veracidad de lo antes afirmado.

La mayoría de los entrevistados reconoce la importancia de la participación de la mujer en el espacio público y privado. La mayoría reconoce la necesidad de brindar a la mujer el mismo número de oportunidades laborales y académicas de las cuales goza el hombre. Todos o casi todos, reconocen que tanto la mujer como el hombre tienen los mismos derechos y responsabilidades.

Sin embargo, al ser preguntados por los roles que ellos asumen o si asumirían roles domésticos al interior de su hogar, la respuesta cambia. La mayoría señala que ello se justifica siempre que la mujer trabaje fuera del hogar, lo cual supone una desvalorización de la mujer ama de casa. Asimismo, esta justificación se consolida si la mujer gana más que el hombre, ello es así pues si ella es quien trae más dinero al hogar es justo que el hombre asuma la carga doméstica. No obstante ello, otro importante grupo de hombres señaló que solo asumiría estos roles en situaciones excepcionales: Cuando la mujer enferma o cuando ellos se quedan sin trabajo. Es decir, para un número importante de hombres solo se asumen roles domésticos cuando ellos están en incapacidad de cumplir con el rol que la sociedad les impone, ¿Cuál es ese rol? No es otro que la del hombre proveedor, el hombre capaz de solventar solo a su familia, el hombre exitoso, el hombre que cuenta con el dinero suficiente para sacar adelante a los suyos, la típica figura prehistórica del hombre visto como cazador, proveedor, protector. En otras palabras, a los limeños les cuesta abandonar la figura del “súper macho fuerte”.

Consultados sobre el supuesto en el cual la mujer es quien recibe un mejor salario que el hombre. La mayoría reconoce las ventajas que ello trae consigo para la economía familiar. Sin embargo, otro importante grupo señala que este supuesto puede originar otro tipo de problemas. Varios de los entrevistados ven en la mujer a una virtual competidora, muchos de ellos creen que si la mujer gana más que el hombre adquirirá un mayor poder al interior del hogar, hecho que sin lugar a dudas ocasionará problemas, dado que esta podrá discutir o desconocer las órdenes del hombre, y ello es desventajoso pues menoscaba la figura del marido o esposo como “Jefe del hogar”. Es decir, una vez más, asoma el machismo, el hombre asume que la posición y autoridad que tiene en casa depende del dinero que él lleva al hogar, basa su posición al interior de la familia en su capacidad para proveer y satisfacer las necesidades materiales de los suyos, desconoce que el respeto que la mujer o los hijos sienten hacia él se construye a partir de otro tipo de factores, como el cariño, el afecto, la responsabilidad o el respeto que él día a día les profesa.

Consultados sobre qué opinan de la violencia familiar. La mayoría de ellos reconoce la existencia de la misma al interior de la familia peruana. Incluso brindan datos sobre la misma, señalan que en la mayoría de los casos la violencia se asocia al consumo de drogas o alcohol. Asimismo, señalan que las razones se deben a problemas económicos, diferencias a nivel laboral y salarial con la pareja o los celos. Nuevamente aparece el machismo encubierto en esta problemática. El hombre al sentir que no puede cumplir con su rol de padre, esposo o pareja protectora, al verse opacado por la pareja en el campo laboral o económico, busca restablecer esa relación de dominio sobre la mujer a través de la violencia, del insulto, del vejamen y la humillación. Este dato es sumamente alarmante pues las cifras de violencia familiar en nuestro país son tan elevadas que este fenómeno ha sido considerado como un problema de salud pública.

Consultados sobre su opinión sobre la violencia de mujeres contra hombres. La mayoría reconoció la existencia de este problema. Muchos reclaman la necesidad de crear instituciones o programas para su defensa. Muchos reconocen la necesidad de ayudar psicológicamente a los hombres que sufren abuso. Sin embargo, reconocen que la mayoría de los hombres abusados, o ellos mismos, no denuncian estos casos por vergüenza, sienten temor a lo que la sociedad y su grupo más cercano piense de ellos. El hombre que denuncia que su mujer le pega, dice uno de ellos, queda como un tonto, como un saco largo, como un mariquita que no se puede hacer respetar. Una vez más aflora el machismo, cómo denunciar maltrato por parte de la mujer, si la sociedad asume que el hombre es el “machazo” en la relación, si la sociedad hace de la mujer un ser indefenso, que necesita protección, cómo denunciar si el propio policía o fiscal ante quien denunció el hecho se burla y le dice: ¡caramba hombre, déjate de cojudeces!

Consultados sobre si alguna vez han rechazado una propuesta de alguna dama de ir a la cama con ella o si han dejado pasar la oportunidad de acostarse con una mujer, aun cuando se trate de una desconocida y a pesar de los riesgos que esto trae consigo. La mayoría señala que tanto el hombre como la mujer tienen el derecho de decir “no”. Sin embargo, un grupo importante de los entrevistados reconoce que a veces uno tiene que hacerlo porque sino luego dicen que uno es homosexual, que no le gustan las mujeres y eso no se puede permitir. Más aún, reconocen que uno le puede decir que “no” a las parejas ocasionales, a las trampitas, como dicen ellos, pero uno no puede decirle no a la esposa. Nuevamente hace su aparición el machismo encubierto, a la esposa no se le puede decir “no”, porque si eso pasa, se corre el riesgo que ella busque satisfacer su deseo fuera de casa, se corre el riesgo de la infidelidad. Es decir, el hombre cree que la fidelidad y compromiso de la esposa o pareja se ganan siendo un verdadero campeón en la cama, un tipo que sin importar el sin número de problemas que tenga en la mente es capaz de satisfacer a su “hembra”, porque si eso no ocurre, infidelidad segura, afirman muchos de ellos.

Como pueden apreciar este tipo de pensamientos, explícitos o no, evidencian actitudes de dominio y autoritarismo, dentro y fuera del hogar, el hombre asume que tiene el derecho y el deber de proteger su posición de dominio en la relación con su pareja. Surge la necesidad de hacer evidente ante todo el mundo que él es un hombre fuerte, valeroso, viril, duro, capaz de llevarse al mundo por delante si así lo quiere. En ese sentido, como afirma la autora, si bien las mujeres también son obligadas por la sociedad ha ser “femeninas” (entiéndase, delicadas, tiernas, amables, respetuosas, pulcras, sexualmente pasivas), la condición masculina está siempre en duda, necesita reafirmarse social y personalmente con frecuencia. De allí la necesidad de que en todo salón de clase exista un lorna o un maricón, del cual el niño tenga que diferenciarse, como reflejo de su virilidad y hombría.

Este estudio pone en evidencia la necesidad de reconstruir el concepto de lo masculino en nuestra sociedad, este informe pone en tela de juicio las construcciones sociales que a lo largo de los años se han ido consolidando en torno al rol que el hombre y la mujer deben asumir en la sociedad, este informe marca un camino hacia la construcción de una masculinidad basada en la equidad de género, una masculinidad capaz de reconocer en la mujer a un ser con los mismos, deberes, derechos y obligaciones, tanto fuera como dentro del hogar. Solo así podremos avanzar en el camino hacia la consolidación de una sociedad más igualitaria y democrática, pues la verdadera democracia se inicia en el hogar, dejemos atrás esos estilos de crianza en los cuales Juanito debe jugar con pistolas y Juanita debe hacerlo con muñecas “Barbies”, dejemos atrás la absurda costumbre de separar los colores, negro o azul para el varoncito, rosado o amarrillo para la mujercita. Reconozcamos que el machismo empieza por casa, con mamá ordenando a mis hermanas que planchen mis camisas y con papá diciéndome “tú si puedes emborracharte y llegar tarde porque eres hombre”.

Rafael Rodríguez Campos

Escribe en www.agoraabierta.blogspot.com