Aborreciendo el Idealismo Cobarde

Por Romain Rolland

Nunca diremos que es por ser un hombre harto grande por lo que el mundo no le basta. La inquietud de espíritu no es signo de grandeza. Toda falta de armonía entre el ser y las cosas, entre la vida y sus leyes, aun en grandes hombres, no es producto de su grandeza, es producto de su debilidad. ¿Por qué intentar esconderla? ¿Es el más débil menos digno de amor? Lo es más, porque más lo necesita. No seré quien levante estatuas a héroes inaccesibles. Aborrezco el idealismo cobarde que aparta los ojos de las miradas de la vida y las flaquezas del espíritu. Hay que decírselo a un pueblo harto sensible a las engañosas ilusiones de las palabras sonoras. En el mundo hay sólo un heroísmo: ver el mundo tal cual es; y amarlo.”

Hay en el Museo Nazionale de Florencia, una estatua en mármol a la que Miguel Ángel llamaba el Vencedor. Es un muchacho desnudo, de hermoso cuerpo, con la frente casi cubierta por el cabello rizado. De pie, erguido, aprieta la rodilla sobre la espalda de un prisionero barbudo que cede encorvado y avanza la cabeza como un buey. Pero el vencedor no le mira. Al ir a asestarle el golpe se detiene, aparta su boca triste y sus ojos indecisos. Su brazo se repliega hacia atrás; no quiere ya la victoria; le repugna. Ha vencido. Ha sido vencido.

Esa imagen de la Duda heroica, esa Victoria con las alas rotas, la única de todas las obras de Miguel Ángel que duró hasta su muerte en su taller de Florencia y con la cual Daniel de Volterra, confidente de sus pensamientos, quería adornar su catafalco, es Miguel Ángel mismo, y el símbolo de su vida entera.

El sufrimiento es infinito, toma todas las formas. Ya nace de la ciega tiranía de las cosas: miseria, enfermedades, injusticias de la suerte, maldades de los hombres. Ya tiene su surtidor en el ser mismo. No es menos lamentable entonces, ni menos fatal; porque nadie ha elegido su ser; nadie ha pedido vivir ni ser lo que es.

Miguel Ángel padeció este último sufrimiento. Le fue dada la fuerza, tuvo la rara dicha de estar hecho para luchar y vencer; y venció. ¿Y qué? No le interesaba la victoria. No era eso lo que necesitaba. ¡Tragedia de Hamlet! ¡Dolorosa contradicción entre un genio heroico y una heroica voluntad, entre unas pasiones imperiosas y una voluntad sin fuerza de querer!

¡No se espere de nosotros que, tras tantos, veamos en esto una grandeza más! Nunca diremos que es por ser un hombre harto grande por lo que el mundo no le basta. La inquietud de espíritu no es signo de grandeza. Toda falta de armonía entre el ser y las cosas, entre la vida y sus leyes, aun en grandes hombres, no es producto de su grandeza, es producto de su debilidad. ¿Por qué intentar esconderla? ¿Es el más débil menos digno de amor? Lo es más, porque más lo necesita. No seré quien levante estatuas a héroes inaccesibles.

Aborrezco el idealismo cobarde que aparta los ojos de las miradas de la vida y las flaquezas del espíritu. Hay que decírselo a un pueblo harto sensible a las engañosas ilusiones de las palabras sonoras. En el mundo hay sólo un heroísmo: ver el mundo tal cual es; y amarlo.

Lo trágico del destino que aquí presento es que ofrece la imagen de un sufrimiento innato, que surge del fondo del mismo ser, que le roe sin tregua y que no ha de abandonarle hasta haberle destruido.

Sin embargo, si ese dolor dejara de existir, el mundo sería más pobre. ¡En esta época de cobardes que tiemblan ante el dolor y reivindican con estrépito su derecho a la felicidad propia, que a menudo no es sino la desgracia ajena, osemos mirar el dolor cara a cara y a vencerlo! ¡Alabada sea la alegría; alabado sea el dolor! Una y otro forjan el mundo y llenan las grandes almas. Son la fuerza, son la vida, son Dios. Quien no ama a entrambos no ama a ninguno de los dos. Y quien los ha gustado sabe el precio de la vida y la dulcedumbre de abandonarla.

Al término de esta trágica historia [la de Miguel Ángel], me siento atormentado por un escrúpulo. Me pregunto si habiendo querido dar a los que sufren, compañeros de dolor que los sostengan, no habré hecho sino añadir el dolor de éstos al dolor de aquéllos. ¿Hubiese entonces debido, como tantos otros, no mostrar de los héroes más que el heroísmo y correr un velo sobre el abismo de tristeza que en ellos hubo?

¡Pero, no!, ¡la verdad! No he prometido yo a mis amigos la dicha a precio de mentira, la dicha como sea, a toda costa. Les he prometido la verdad, aun a costa de la dicha; la verdad viril, que esculpe almas eternas. Duro es su aliento, pero límpido. Bañemos en él nuestros anémicos corazones.

Las almas grandes son como altas cimas. El viento las bate, las nubes las envuelven; pero en ellas se respira mejor y más fuerte. El aire tiene en la altura una pureza que lava el corazón de sus mancillas; y cuando la bruma se disipa se domina el género humano.

Así fue aquella montaña colosal que se alzaba sobre la Italia del Renacimiento y de la que vemos a lo lejos perderse en el cielo el atormentado perfil.

No pretendo que el común de los hombres puedan vivir en tales cumbres. Pero que suban a ellas en peregrinación cada año una vez. Allí renovarán el aliento de sus pulmones y la sangre de sus venas. Allí, en lo alto, se encontrarán más cerca del Eterno. Luego descenderán a la planicie de la vida con el corazón templado para el cotidiano combate.

________________

Romain Rolland: Escritor francés. Premio Nobel de Literatura de 1915 . Su primer libro fue publicado en 1902, cuando tenía 36 años. Trece años más tarde, ganó el ”como tributo al elevado idealismo de su producción literaria y a la simpatía y el amor por la verdad con el cual ha descrito diversos tipos de seres humanos”.

ROMAIN ROLLAND, Miguel Ángel. Orbis, 1983. Traducción cedida por Aguilar S. A. Ediciones. [FD, 21/09/2007]

Submit your comment

Please enter your name

Your name is required

Please enter a valid email address

An email address is required

Please enter your message

MULADAR NEWS © 2013 All Rights Reserved

Designed by daidaihua