
Parte I.
El titular nos vende un mensaje provocador y coge la frase más infelizmente sincera de Noel Gallagher como carnada para pirañas: “Lima apesta a pescado…” y algunos –como no- nos sentimos aludidos.
Es verdad, Lima y balnearios apestan a pescado muerto del mes pasado, pero además en muchas casos huele a miseria africana, y eso es algo que si debería preocuparnos a los que vivimos en y de la capital.
Aunque me pongo en la fila de los que estamos de acuerdo con el sobreviviente de la mítica OASIS, estoy casi seguro de que los dólares de Lima tienen el mismo olor, color y sabor que en cualquier continente; además que aquí comparando a otras latitudes, se goza mejor, porque los fans son más perpetuamente fieles; podrían besar su blanco trasero inglés y escuchar sus ritmos al mismo tiempo, los fans de Lima (el Perú) son los más rentables, los más generosos en entregar afecto, no importa si el artista es Topo Gigio o un octogenario Mick Jagger que viene a cantarnos o simplemente a orinarse en Machu Picchu ; da igual, todos queremos un momento Kodak con el ídolo de multitudes.
Por otro lado la fama de OASIS no fue arrebatada por su hermano Liam Gallagher como muchos especulábamos, el encanto del grupo se quedó con su líder que es Noel, para dar forma a la banda que mejores falsificaciones hace de los Beatles, hasta en la manera de posar para los flashes.
“…Goodbay Lima…y cuando vuelvan a reunir todo este montón de dólares para escuchar mis canciones llámenme, y seré lo más contracorriente posible para que ustedes me aplaudan, mis fans peruanos…”
Parte II.
No podría llamar intolerancia a la decisión tomada por el siempre antipático Cardenal Cipriani contra el Padre Gastón Garatea, estimado defensor de los DD.HH. Lamentablemente en nuestro país tan venido a menos en cuanto se trata de acatar reglas, que el dueño de la pelota de la Iglesia Peruana cumpla a raja tabla las leyes de su doctrina que viene de una Edad prehistórica, no lo hace intolerante, quizá hubiera sido prudente que el Padre deslice sus opiniones dentro de su congregación. Incluso se sabe que estos temas se discuten internamente hace muchos años en la iglesia. Pero sus palabras cayeron en los medios de comunicación y se armó la de Dios y ahora a nuestro cura se le vino la noche y le quitaron la licencia, le cerraron su iglesia y si desea beber la sangre de Cristo en público, tendrá que caminar más allá de las fronteras de Lima.
La iglesia como una sombría entidad privada cumple rígidos preceptos que para el común de los mortales puede ser incomprensible, (por ejemplo, dónde se ha visto que un ser humano por mucha fe acumulada, tenga morir virgen si quiere seguir perteneciendo a esta entidad) pero los que encuban esta vocación, aceptan las reglas y son consientes del camino que hay que seguir. Si alguien dentro de la institución no está de acuerdo o decide dar marcha atrás por distintos motivos, pues simplemente renuncia (ni Dios le pude quitarle ese derecho), cuelga los chimpunes cristianos y pasa a formar parte de la comunidad civil con todos los derechos carnales que crea conveniente.
Se sabe desde los tiempos de Jesucristo que la Iglesia en su misericordia le cierra toda las puertas a las prácticas homosexuales y considera a este tema agotado y prohibido a ser ventilado fuera del círculo de su institución. Yo no soy homófobo ni nada que tenga que ver ciertas cabronadas de gente que lanza amenazas en sus programas de radio o incentivar a la violencia contra mis semejantes. Pero yo creo que si un miembro activo de la religión, un pastor de almas, un sacerdote de la Iglesia misma, un misionero, un cura mensajero de Dios lanza este tipo de opiniones que él sabe muy bien son prohibidas, pues tiene que hacerse responsable y aceptar sus culpas y la sanciones con nobleza.
Esto no le quita el prestigio ni el reconocimiento ganado por todos los años de lucha a favor de los marginados al Padre Gastón Garatea, ni su papel desempeñado como miembro de la Comisión de la Verdad.
Parte III.
Yo no creo en la divinidad de la personas, ni en la perfección de la humanidad, ni le tengo demasiada confianza a mi semejante, como podría tenerlo por ejemplo con Lucas (mi perro), así que no me asusta, ni me desespera, no salgo corriendo por las calles, pancartas en mano, no le dedico furibundos artículos, ni me baño en sangre, ni me horrorizo cuando un día a nuestro Nobel de Literatura se le ocurre decir muy suelto de huesos él, que apoya las corridas de toros, que es cultura y disparate y medio que solo pueden caber en la boca de estos aficionados al deleite de la sangre.
Seamos sinceros, cuántos de nosotros no le hemos aplaudido el día que se puso del lado de la democracia para votar en contra de los Fujimori, cuántos de nosotros no le lustró los mocasines cuando le escupió el cargo de Presidente del Museo de la Memoria a Alan García o cuando renunció a seguir publicando sus artículos en ese pasquín que se había convertido el diario El Comercio. En ese entonces no era un indeseable o abusivo, en aquellos tiempos era el escritor peruano que se ponía la camiseta de la democracia, que le hacía frente a la dictadura a punta de sendos artículos políticos. Que ha cambiado de esa época hasta ahora.
Porque si nos ponemos en plan de confesar cada uno de nosotros nuestros gustos más asquerosamente ocultos quizás toditos terminaríamos presos, oleados, sacramentados y llevados al paredón por el mismo Cipriani y con las pastosas melodías de los Gallagher’s de fondo.
No es necesariamente importante que MVLL se ponga del lado de los maniquíes asesinos de toros, para disfrutar sus fiestas salvajes, lo que importa es lo que nosotros pensamos respeto a esto y el mensaje que podemos dejar a nuestra generación, para que en un futuro no distante, esta orgía de violencia, sangre y arena quede sepultada para siempre en el panteón de las peores bajezas que hizo el ser humano contra las especies. Al final todos vamos a morir algún día y solo quedarán nuestras obras como memoria de algún sacrificio que hicimos y no lanzarnos al facilismo de buscar culpables para ir a su casa y ensuciarle la fachada. Quieras o no, todos terminamos sirviendo a la naturaleza. Sino que lo cuente el odiado Ugarteche (del Correo) que ahora sirve de abono para las plantas que todos amamos.
Saludos.




