El amor en la noche. Un tumulto se anuncia, un tumulto como de sangre que se vierte Las alas del mundo empiezan a dormir, y sólo tus ojos iluminan el silencio, el gran silencio que reina a tu llegada. Y te desprendes como un árbol o como la noche, a pasos callados, como el gran caballero que aparece en los sueños. Con tu rostro severo, con el misterio y la distancia y con el gran silencio.
Yo no podré besarte, a veces dices, yo no podré besarte…
El corazón respira apenas ante el milagro repentino de tu presencia, Los ojos quisieran guardar para siempre el color de incendio de tus ojos, el resplandor de tu mirada, el acto volumen e tu cuerpo, y devorarte y envolverte y guardarte ajeno a todas las miradas.
Te llamo desde lejos, de muy lejos; tú no me oyes, mi voz te llega amortiguada. Tú no me oyes. Si me oyeras vendrías y tus ojos se cubrirían de lágrimas y a través de esa bruma verías la imagen del mor acribillado. Pero no oyes y tu ausencia se renueva. Estás cerca de mí, estás cerca; todo me lo dice: el calor e tu cuerpo, tu cuerpo mismo, la sombra terrible e tu cuerpo interceptando la luz del sol. Tu voz también quiere decirme que estas cerca. Pero no es cierto… Ya te fuiste. Acaso no has llegado todavía y yo estoy ciego, completamente ciego, mirándote sin verte y llenándote hacia aquel punto donde ya nadie puede seguirme, donde la soledad me acosa, donde nada responde no nada me acompaña.
Volver a verte:
Por un camino que no llega te aguardo y te estaré aguardando siempre; más lejos de mi vida, más lejos que el recuerdo de la vida consciente; desde mi oscuridad, agazapado, solo, horriblemente solo, esperando que al fin vuelvas y te detengas y me mires y hables y tu voz me haga nacer y me devuelva al mundo de mi mismo que he perdido al encontrarte sin hallarte.
C.M. México D.F. 25-I-39
Alfredo Quízpez Asín (César Moro)




