José Carlos Mariátegui: “La procesión tradicional” del Señor de los Milagros

Es un desfile místico y tumultuoso que canta; reza y emociona

José Carlos Mariátegui publica este artículo en 1916 y gana el primer premio de un concurso convocado por la Municipalidad de Lima. En estos tiempos que hasta los apellidos más celebres llegan a prostituirse por culpa de sus generaciones, leer y recordar a este Amauta se hace de una necesidad impostergable:

La Primavera de Lima, -primavera anodina, neblinosa, gris, indefinida y cobarde- tienen dos dìas que resucitan súbitamente la tradición y la fe de la ciudad. En ellos la procesión del Señor de los Milagros dice la renovación y el florecimiento de la religiosidad metropolitana y hace pasar por sus calles híbridas, virreinales o modernas, una fuerte, melancólica y pintoresca onda de emoción.

La historia de los temblores pavorosos que han estremecido y quebrantado a la ciudad, auspicia el fervor de estos dìas místicos en que Lima siente muy acendrado y muy profundo el catolicismo que cotidianamente canta en sus campanarios y murmura en sus capillas.

La metrópoli transformada, morigerada y desteñida por el progreso, se arredra cohibe y oculta por un momento para que surja y palpite la metrópoli creyente, coronada y virreinal.

Hay en estos dìas una intensa resurrección del misticismo en Lima, asfixiado y sojuzgado ordinariamente por el vértigo y el olvido de la ciudad moderna. Y se parece esta resurrección a esos sùbitos despertares piadosos que asaltan las almas de los hombres vueltos escépticos, frìos y cerebrales por el análisis, por la vida y por la duda.

Lima es una ciudad católica, pero no es una ciudad ferviente. No es una ciudad sentimental. Es solo una ciudad medrosa. Vive en ella la fe acaso por supervivencia de la tradición y por el temor a un desamparo misterioso, ignorado y temido. La población que llora en las misiones es una población pecadora y asentimental que le tiene miedo al fin del mundo y al infierno. Y es una población débil para el amor pero fácilmente accesible para la atrición.

Y estos dìas de su indecisa y apocada primavera exaltan de improviso su catolicismo y su piedad, y la hacen prosternarse humilde y rendidamente ante las andas del Señor Crucificado que la defiende de los temblores y la que la bendice desde el viejo muro de adobe sobre el cual pintò su imagen la mano rùstica de un negro del coloniaje.

LA PROCESIÓN DEL SEÑOR DE LOS MILAGROS LLENA DE TRISTEZA LAS CALLES DE LA CIUDAD.-

Las manifestaciones de fe de una multitud son imponentes. Dominan, impresionan, seducen, oprimen enamoran, enternecen. La contemplación de una muchedumbre que invoca a Dios conmueve siempre con irresistible fuerza y honda ternura. El paso de la procesión del Señor de los Milagros por las calles de lima, produce unza emoción muy profunda en la ciudad que se encuentra sorpresivamente invadida por un sentimiento ingenuo, sedante y religioso.

Desde la hora en que se abren las puertas de la iglesia de las Nazarenas – hora clara, serena y luminosa – para que la procesión del Señor de los Milagros salga a las calles, hasta la hora – hora tardecina -, melancólica y oscura en que las andas se pierden en la oquedad sombrìa y ahumada de la misma iglesia, Lima siente las palpitaciones de una unción y de una tristeza muy acendradas, muy sinceras, muy grandes.

Para gozar esta emoción suave y candorosa, igual es aguardar el desfile de la procesión en un umbral o en una esquina que asistir al ingreso de la imagen en una iglesia suntuosa o en una iglesia humilde y que unirse a la multitud que sigue al Señor de los Milagros en su peregrinación a travès de las calles de la ciudad.

Pero singularmente, es grato e intenso gozarla cuando el rumor de la procesión, el canto de las campanas y el cristiano olor de sahumerio nos sorprende dentro del hogar, de improviso, súbitamente, en una hora vulgar en que el espíritu està lejos de la devoción y la piedad.

Yo he sentido y he visto asì la procesión. Yo he comprendido asì lo que significa y lo que representa en la vida de la ciudad. Yo he amado asì al instante en el que el espectáculo magnìfico de un recogimiento tumultuoso y sonoro ha cohibido y enternecido de pronto mi corazón.

Llegaron primero bajo mis balcones las voces de la gente que hacìa la avanzada presurosa del desfile. Hay en las voces de esta gente una entonación muy distinta de las que hay en las voces de la que vienen en el grueso de èl. Son mas vivas, mas bulliciosas, casi regocijadas. Anuncian la cercanìa de la procesión con alguna alegrìa y con algún alborozo.
Y luego llegaron las voces de los cánticos y de las plegarias, voces femeninas, lánguidas y parsimoniosas que parece que nunca se extenuaran y nunca se fatigaran.

Lentamente llegò por fin la procesión. Su paso es moroso y tardo. La solemnidad es siempre majestuosa y sonora. No es posible concebirla apresurada e inquieta. Tiene la gravedad del gesto con el que el sacerdote bendice en la misa a los cristianos y hace asperjes en las mañanas del miércoles de ceniza.

Compensaba el paso de la procesión una marcha de una banda militar. La banda era marcial y soberbia. Pero, al influjo de la decoración, se hacìa religiosa y litúrgica Y se hacìa especialmente triste. Sonaba en cada acorde un latido lleno de melancolìa.
Y yo supe entonces por què el espectáculo de este desfile mìstico y tumultuoso impresiona tanto a las almas, enternece tanto a los corazones, silencia tanto todas las cosas y hace que los ojos lloren, que las rodillas se hinojen y que las manos se junten, por la señal de la Santa Cruz, etc.

LAS ANDAS DEL SEÑOR DE LOS MILAGROS.-

Son pesadas, fuertes opulentas las andas del Señor de los Milagros. Sobre ellas un arco de plata oscilante y bruñido hace un halo glorioso de la imagen del Señor, pintada en un lienzo que hace untuoso la luz de los cirios y que lleva en su envès la imagen de la Dolorosa, la triste Virgen del corazón atravesado por las siete espadas.

Estas andas no pueden llevadas con presura. Son demasiado pesadas y afligen demasiado las espaldas de los hermanos que las cargan. Precisa llevarlas con sosiego. Y precisa que de trecho en trecho hagan alto, porque su marcha es jadeante y trémula.
Hombres fornidos, zambos, negros y mestizos llevan estas andas. Se relevan de rato en rato. Y dejan las andas sudorosos, extenuados, exhaustos. Todos ellos son hermanos del Señor de los Milagros, Cofrades de una congregación humilde y piadosa de gentes del pueblo que tienen la misión de conducir las andas y de cuidar la cera del Señor.

Y estos hombres sufren la fatiga de la carga, no se quejan nunca. Tienen, mas resignación, placer y regocijo en su trabajo. Saben que se cuenta sobre su vida oscura y su devoción profunda., una verdadera leyenda. La Leyenda de que el Señor de los Milagros se lleva todos los años a uno de ellos al cielo. Ellos piensan acaso que esta muerte es una muerte edificante y cristiana y que es casi un premio que los conduce a la buenaventuranza.

Las andas son antiguas. Año tras año se les repara, pero nunca se les renueva totalmente. Tienen la agobiante y grave pesadez de la cruz. Y parece que las hicieran mas agobiantes todavía, las flores que portan en los dìas de la procesión. A medida que la procesión avanza hay mas flores sobre las andas. Unas son puestas en ellas con la unción de una ofrenda religiosa. Otras son aventadas desde los balcones como una lluvia mìstica. Y se hacen tan profusas y tan abundantes, que parece que tomaran màs fatigosa la carga de las andas.

Y estas andas, al avanzar, tienen a veces un crujido a veces un temblor tan solo, a veces una trepidación aguda. Hay instantes en que se les ve bamboleantes. Y cuando son puestas en el suelo y la procesión hace alto, para que los “hermanos” descansen o para que desde el patio de una casa o desde el atrio de un templo se cante una plegaria, èstas tienen un sonido bronco y fuerte.

LA RUTA DE LA PROCESIÓN.-

La procesión tiene una ruta que es siempre la misma. La sigue desde hace muchos años. Y apenas si hace en ella la alteración de suprimir la entrada en una iglesia. La ruta de la procesión abarca aproximadamente toda la ciudad antigua.

No llega Abajo del Puente. Pero tampoco se acerca a los suburbios aristocráticos de la Exposición. Cuando se fijò la ruta, no existìan estos suburbios aristocráticos que no son los suburbios donde la ciudad se envejece, sino los suburbios donde la ciudad se renueva.
La ruta de la procesión va de un lado a otro de la ciudad. Conduce el desfile primero a la Iglesia de Santo Domingo, luego a la Catedral y luego a la Concepción. Y tiene todos los años los mismos descansos. El medio dìa del 18 de Octubre en la Concepción. La noche en las Descalzas. El mediodía del 19 de Octubre en Santa Catalina. Las gentes dicen en la Concepción y otro en Santa Catalina.

En la puntualidad y fijeza de esta ruta se siente un intenso latido de la TRADICIÓN. Nada hay que las modifique. Nada hay que las trastorne. Las andas van de un a iglesia a otra con una exactitud invariable. Y los devotos saben siempre, mas o menos, en que sitio encontrárseles a tal y cual hora.

La entrada del Señor en una iglesia tiene siempre una grave solemnidad. Cuando la iglesia es una humilde iglesia, conventual ¡ cuan sencillos, inefables e ingenuos parecen los sones del campanario ¡ Cantan en coro las monjas enamoradas o los frailes broncos. Hay un homenaje amoroso y apasionado que vibra y resuena en el campanario y en el órgano. Cuando la iglesia es una iglesia grande y suntuosa ¡ cuan majestuosos y magníficos parecen los sones de las campanas formidables ¡ Hay colegios de frailes que salen a recibir al Señor con la Cruz Alta y con los turìbulos y que entonan un cántico monótono y sonoro. Y entre ellos, a veces, tal prelado o cual obispo de orgullosa tonsura y porte arrogante y mezquino.

Y en esta ruta hay de todo. Pavimento metropolitano y pavimento suburbial. Adoquín, ripio, piedra de rìo, o piedra berroqueña. Sendero cómodo sendero hostìl. Piso àspero y descuidado, y piso suave y limpio. Aquì un trecho terso que serà grato para la planta desnuda del penitente; allà un trecho cruel y duro que tendrà que serle grato tambièn por el amor de Dios y por el recuerdo de lo mucho que padeció Nuestro Señor en su pasión y muerte, etc. etc.

El cortejo del Señor de los Milagros es abigarrado, heterogéneo, inmenso, amoroso, devoto, creyente. Es aristocrático y canalla. Junta el dechado de elegancia con el ejemplar de jiferìa. Hay en èl dama de buena alcurnia y buen traje, moza de arrabal, barragana de categoría, mondaria plebeya en arrepentimiento circunstancial, criada y fregona humilde. Y hay, por otra parte, varòn pulcro y de buen terno, obrero mal trajeado y mal aseado mendigo plañidero, ampòn atrito, gallofero fervoroso y campesino zafio y rùstico, todo ellos codeándose sin disgustos grimas ni desazones.

Las Sahumadoras del Señor de los Milagros son cristianas sahumadoras que no emplean el litúrgico turìbulo ni el oriental pebetero. El que arde en sus manos y sopla su aliento en incensario de plata o de nìquel, que finge generalmente la figura de una pava, sin que esto se explique bien porque el pavo no es símbolo cristiano a lo que se sabe.

Las penitentes llevan vestido de jerga unas, de tela morada otras, y acompañan la procesión con los piès desnudos sahuman o llevan cirios. Cantan rogativas o rezan el rosario. Y poseen casi una gravedad sacerdotal que se impone a los que van cerca de ellas. Inician el cántico o la oraciòn y las demàs la obedecen con agrado y acatamiento así la penitente sea pobre mulata y dama gentil quien la sigue en el rezo o en el canto. Y como hay sahumadoras y penitentes, hay tambièn ambulantes vendedores de cirios, cordones y estampas. Y hay tambièn dentro de la decoración de la fiesta, turroneros, y vivanderas que portan la golosina y el manjar gratos al gusto y a la sazón limeñas.

Todo es emotivo, pintoresco, suave, melancólico, y grato en la procesión del Señor de los Milagros. Los “milagros” cuentan siempre una leyenda así sea de oro y plata grandes o pequeños, de pulida o de torpe labor y con cifra o palabra o sin ellas. Y como los “ milagros” son los cánticos. Y como los cánticos son las plegarias. Y el santo rosario que tiene quince misterios y quince evocaciones y que tiene tambièn muchas gracias y virtudes.

Dos dìas todopoderosos resucitan la tradición y la fè de una ciudad; donde un muro de adobe la imagen pintada por un negro esclavo impone a todos recogimiento y unción, Lima toma a ser la ciudad colonial de los temblores y las rogativas; la oración católica, apostólica y romana se pasea impávida y generosa por todas las calles; la música marcial acompasa un desfile dulce y mìstico; revive la leyenda de los balcones floridos, engalanados y festonados; los frailes y los niños cantan alabanzas en el umbral o en el atrio de una iglesia mientras el tumulto se calla; la golosina criolla da mercancía al comercio trashumante del pregón; los tranvías eléctricos y el tràfico mundano se paraliza en la calle que atraviesan las andas y su cortejo; suenan las alcancìas de metal que piden limosna y dan estampas u otras cosas benditas que sirven para librarnos de todo mal; las ingenuas palabras del catecismo vuelven a los labios; los corazones tienen ternuras acendradas y vierten los ojos làgrimas sinceras; la ciudad pecadora se arrepiente por un instante de cuanto hizo de palabra, pensamiento y obra y no fue bueno; y , sobre todas las cosas, triunfa el señorìo de nuestro Señor Jesucristo que murió en una cruz para redimirnos del pecado original. Amén.
SIC.

José Carlos Mariàtegui, Moquegua, 1894-Lima-1930 Ensayista, político. Fundo las revistas “Amauta” y “Nuestra Época”, èsta con Cèsar Falcòn y Fèlix del Valle y el periódico “Labor”, colaborò con las Revistas “Colònida” “El Tur”, “Claridad”, “Mundial” y “Variedades” y en los diarios “La Prensa” y “El tiempo”.

Submit your comment

Please enter your name

Your name is required

Please enter a valid email address

An email address is required

Please enter your message

MULADAR NEWS © 2013 All Rights Reserved

Designed by daidaihua